Sola a solo

Anda la neocatecumenalada revuelta tras el último gran hallazgo editorial de la Biblioteca de Autores Cristianos. Ya la publicación de Anotaciones. 1988-2014 (BAC, 2016) supuso que el tal Kiko, al que dicen Argüello, pasase de ser una suerte de faro espiritual para tres –y aun cuatro– generaciones, a ser un autor leído, seguido, alabado y, en ocasiones, criticado. Qué feliz circunstancia que, después de casi cincuenta años de esfuerzo por renovar la Iglesia católica, los iniciadores de este itinerario se hayan animado a publicar todo, o parte, de lo que habían escrito durante años a puerta cerrada. Esto es bueno, no solo por el provecho que lectores y catecúmenos pueden sacar de la lectura, sino porque con esto de los fundadores, sean del calado que sean, al final siempre pasa lo mismo: que se mueren. Y cuando mueren, todo lo que no hayan dejado dicho o escrito en vida queda a la merced de imitadores y oportunistas que, si se les deja, pueden dar al traste con el trabajo de toda una vida. Tal cosa les pasó a los jesuitas, y otro tanto al Carmelo Descalzo. Si nos ponemos tiquismiquis, algo así tuvo que pasar con la Iglesia católica según fueron pasando las generaciones: apóstoles, padres apostólicos, apologetas, padres de la Iglesia, y así. Según te alejas de la fuente primera, el mensaje, inevitablemente, se desvirtúa, o pierde potencia, frescura, veracidad, qué sé yo.

Es importante, por eso, que haya un texto de referencia sobre el que volver cuando las aguas se contaminen. Y, créanme, se contaminarán. En este sentido, aplaudo por dentro y por fuera la publicación de Diarios. 1979-1981 (BAC, 2017), verdadero acceso literario a las entretelas de una de las mujeres más complejas y fascinantes que jamás he conocido. Carmen Hernández moría el 19 de julio de 2016 tras una larga convalecencia, y hoy, casi un año después, ven la luz una parte de sus escritos íntimos, redactados a lo largo de tres años de gran sufrimiento interior. Dijo el profesor Ángel Barahona en la presentación del pasado viernes que la dolencia de Carmen durante los años que abarcan estos diarios debe entenderse en clave nostálgica, y es muy cierto. Nostalgia del amor conocido y del que hoy se experimenta un vacío. Así era Carmen, sufriendo en silencio lo que el citado profesor mencionó con gran acierto como “honda aridez espiritual”. Amor perdido, noche oscura, ausencia del amado… una larga tradición de místicos y santos ha dado nombre a lo que Carmen sufría. Y todos coinciden con ella en que esta ausencia provoca tristeza, negrura psicológica, vacío y oquedad. Para Carmen, el silencio de Dios era algo insufrible, insoportable, y así lo declaran estos diarios, escritos casi con brutalidad, ajenos a que algún día pudieran ser publicados. La literatura creada en la esfera de la intimidad es generosa, no tiene reservas ni dobleces. Lo que aquí leemos es instantánea plena de lo que vivía Carmen. No hay elaboración retórica, ni aditivos de estilo, ni nada, porque en el momento de la redacción no había posibles lectores. Solo estaba Carmen, de noche, escribiendo espoleada por la fiebre y por el anhelo incontenible de reencontrarse con su amado. Y de estar, por fin, sola a solo. Carmen usó siempre un lenguaje amoroso, casi erótico, muy del Cantar, para dirigirse a su amado: “Jesús, ven a verme esta noche” o “tengo ganas de escaparme a solas contigo, donde nadie nos vea, lejos de todos”. Pero esto ya lo han dicho los que saben de esto, no nos repitamos.

Me gusta especialmente la honestidad con la que sufre el silencio de Dios, leitmotiv de casi todo el documento. Tal ausencia condicionó, siempre, su relación con el entorno. Si Carmen no veía a Dios, nada le parecía auténtico y todo le irritaba.

Jesús mío, sola en medio de la gente. Nada me interesa y me parece todo como falseado (n. 316). Fotos del año pasado… qué horrendas. Jesús mío, no me hagas volver. No sé vivir, no puedo vivir, me estorban todos. Nadie ni nada me interesa. Y no rezamos. Y todo me parece comedia. Estamos recitando. ¿Qué? Señor, solo tiene objeto esta vida en la evangelización (n. 317). Todo me parece egoísmo y perder la vida no por el evangelio sino por la tontería. Jesús, ¿dónde podré yo escapar? Buscarte. Me siento como necesaria contra un cataclismo y me duele todo (n. 320).

Todo sabido. Todo palabritas. Sin trascendencia. Decir que la presencia de Dios daba un sentido a la existencia de Carmen no es caer en frasecitas de sacristía. Realmente era así. Como su finísima intuición notara que Dios no estaba con ella en cualquiera de los proyectos que empezaba, directamente era poseída por una sensación de ridículo tan grande, tan insoportable, que le faltaba la respiración. Todo, absolutamente todo, perdía el sentido. Y no eran empresas precisamente sencillas las que esta señora, con su Kiko al lado, emprendía cada dos por tres. Esta pérdida de norte aparece con harta elocuencia en la nota 504:

Despierto en casa de Elisa con pensamientos de terror. Jesús mío, se me agolpan las personas, sus pecados después de tantos años, y me parece que el Camino no ha servido para nada. ¡Jesús mío! ¿Por qué? Suene en mi corazón tu voz: “Yo soy, no temas”. Dime que tú estás. Veo todo como el momento de fracaso, de pasión, donde desaparece todo, como si el cristianismo no sirviese a nadie. Tú, Jesús, Cristo… volviendo a la ley, al terror del infierno, como si tu libertad y el amor condujeran solo al retorno. Qué difíciles los hombres, Señor. Cada uno, un misterio. ¿La hipocresía? Jesús, la oscuridad. Quién me diera alas para escapar. […] Todo viejo y sabido, y tú que no apareces.

Es un texto de una dureza insólita. La tristeza de Carmen alcanza notas de verdadera angustia. Y aun así, con todo, no hallará el lector una sola línea en la que se dude de la existencia del amado. Le increpará la ausencia, sí, pero no duda de su fidelidad, y siempre le pide que vuelva. “Ven, Ven”, escrito así, en mayúsculas y a lo burro. De esta forma, Carmen experimentaba, a veces de un día para otro, la plenitud del amor satisfecho. Por ejemplo, el 24 de febrero de 1980 escribía que “Terror insoportable esta pasividad. Primera vez que no te veo. Salgo triste. Kiko me admira pero lo encuentro insoportable…”; y el 25 de febrero, escasas horas después, escribía que “He dormido dos horas y ahora estoy contenta. Tengo ganas de levantarme también mañana pronto. La albada de hoy me ha quitado la tristeza. Ya son las doce de la noche. Estoy contenta. Me acuerdo de los años felices del noviciado, de los consuelos, de las luchas, de tu presencia”. Y así, Carmen vivía permanentemente inflamada en amores por un novio que aparecía y desaparecía a capricho. Y ella ahí, esperándole, sin desfallecer.

Muchísimas claves de lectura pueden lanzarse sobre estos diarios. Especial gusto he encontrado en la forma de expresar el anonadamiento. Carmen, a menudo, tenía ganas de llorar sobre su impotencia, sobre su mudez (n. 92); aunque también experimentaba la tranquilidad del que logra ser humilde: “Veo mi vida y mi misión tranquila, espontánea […] ¿Quiero escondidamente ser creadora de las ideas, que me hagan primero un plano para conquistar? Abre mis labios con espontaneidad, con fe, con diálogo, no con novedad de ideas, sino con novedad de fe presente, arriesgada, serena” (n. 9). Y es que en alguien de tal envergadura intelectual, la pretensión de originalidad sobre el kerigma y la tentación de suplir con ideas propias la inspiración gratuita tuvo que ser grande. Carmen también peleaba contra eso, y no siempre vencía. Del mismo modo, la rabiosa libertad con la que siempre habló se descubre, en estos diarios, como un don recibido, no como un rasgo de su personalidad. Muchos pensábamos que Carmen era una donna de bandera, implacable y liberada de todo, como si hubiera nacido así. Y nada más lejos de la realidad. Todo formaba parte de un combate, de una tensión entre la misión encomendada y la sensación de no poder llevarla a cabo. No pocas veces se calló, bien por impotencia, miedo, egoísmo, vaya usted a saber. Y sobre esto, en varias notas se puede leer una tremenda gratitud hacia Dios cuando, de improviso, le concedía la libertad necesaria para hablar con franqueza delante de curas, obispos, laicos y papas. Si no, para ella, imposible.

La cara de Rouco recibiendo leña vale millones

Por ello uno puede afirmar que, si algo recalcan estos diarios, es la preciosa, preciosísima humanidad de Carmen. No era una extraterrestre, ni un ángel, ni cosa parecida. Era una persona humana, física y real en mitad de un combate constante. Sosiéguense los fanáticos, pues no valen con Carmen admiraciones ni tallas de mármol. No se le quite ni una sola de sus flaquezas, pues son ellas las que declaran que Dios es el principal garante del Camino Neocatecumenal. De hecho, me da ahora por volver al inicio, a eso que dije de que el paso de los años puede descafeinar un carisma concreto. Olvidadlo. No importa lo que se escriba, ni quién lo escriba. Da igual. Si el Camino, muertos sus iniciadores, tiene que pasar por el crisol, pase. Solo Dios basta, hagan lo que hagan los humanos. Si “todo el follón”, como gusta decir, se sostuviese sobre las virtudes humanas del Kiko, o de la Carmen, o de los que vengan, mal nos iría.

Termino con la sensación de dejarme todo en el tintero. Es normal cuando se escribe desde el cariño, que nada de lo que salga de mi pluma estará a la altura. Lo acepto. Me tranquiliza ver que, dada la relevancia eclesiástica y social que tendrá este libro, por todas partes saldrán reseñas mejores y más completas. Sean ellas las que hagan justicia al libro. Esto ha sido más un desahogo. Y, por último, que me perdone Kiko, si es que llega a leer esto, pues cuando dije por ahí que los escritos de Carmen hacían palidecer todo lo que había leído durante los últimos años, incluía también sus Anotaciones. La diferencia entre estos diarios y aquellas anotaciones está en la sorpresa. El de Kiko es un libro estupendo, pero el lector afín no hallará gran sorpresa en su contenido. Con el de Carmen, sí. Kiko, transparente como es él, cuenta lo que escribe y escribe lo que cuenta. Carmen no, sufría en silencio, callaba, y se nos aparece en estos textos como una auténtica desconocida. Que no se me enfade el Kiko, el cariño y la gratitud que le tengo es grande, pero no exagero si digo que la de Carmen es una de las lecturas más profundas e iluminadoras que he vivido jamás. Ha despertado en este filólogo con ínfulas la envidia por tener una relación igual de estrecha, igual de honda, con el amado. Sin vanidades. Sin preocupaciones. Lejos de todo. Como ella, sola a solo. Quién pudiera…

De Asturias, hasta los capitanes

Casi un año lleva en el limbo esta recensión escrita al calor de los estupendos días que me pasé en Asturias el verano pasado. Creo que no hay madrileño que no vuelva prendado de ese pantone de verdes imposibles, o que no quiera volver terminadas las vacaciones. Confieso que llegué a obsesionarme un poquito, se me pegó el acento y los riquísimos guisos que comí me estuvieron repitiendo hasta bien entrado septiembre. Y yo, que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de filólogo la gracia que no quiso darme el cielo, empecé un fructífero tonteo con algunos escritores asturianos del Siglo de Oro. Hoy, uno de estos escarceos ve publicación en esta revistilla, que comparto también por aquí.

La colección Libros de los malos tiempos publicada por Miraguano Ediciones acoge en 2016 uno de los objetos literarios más interesantes de todo el panorama narrativo aurisecular. Se trata de la relación soldadesca redactada y protagonizada por el capitán asturiano Domingo de Toral y Valdés (Miraguano Ediciones, 2016) editada, en este caso, por Gerardo González de Vega.

Es de sobra conocido que durante el Siglo de Oro de nuestras letras se dio una intensa eclosión de formas novelescas y de moldes narrativos, a menudo de difícil definición y clasificación. Algunas de estas formas, decimos, nacieron marcadas por la primera persona autobiográfica como seña de identidad, e incluso hoy el crítico encuentra problemas para resolver algunas cuestiones, como es, principalmente, la tensión entre el hecho histórico y la invención ficticia en un relato de corte autobiográfico.

Esta tensión se percibe con harta claridad en el texto aquí reseñado, la Relación de la Vida del Capitán Domingo de Toral y Valdés, autobiografía escrita entre 1636 y 1640, probablemente en Villaviciosa, tierra natal de su autor. Al ser la relación del más joven de toda una generación de soldados escritores, puede afirmarse cómodamente que surge de una asimilación madura y profunda de la fórmula autobiográfica soldadesca, ya bien definida tras las peripecias escritas y, en algunos casos publicadas, de soldados más veteranos. Se trata, en definitiva, de un texto especialmente útil para estudiar la tensión entre realidad y ficción presente, insistimos, en toda narración autobiográfica.

En la Relación de la Vida del Capitán Domingo de Toral y Valdés preside un pulso narrativo sobrio, más cercano al informe castrense que a la narración literaria. Ni se detiene en detalles descriptivos ni ocupa demasiado esfuerzo creativo en la plasmación de pensamientos y sentimientos; muy por el contrario, es amigo del dato objetivo y del detalle conciso:

[Su relato] carece de cualquier afectación formal. Lo que vio y lo que sintió lo cuenta directa y llanamente en casi todas las ocasiones, y en tal sentido podría afirmarse que supera a sus camaradas de armas y letras en esa claridad expresiva que al cabo trasluce la claridad mental de quien se expresa […]. La Vida del capitán asturiano está compuesta con el rigor del soldado a quien en activo le iba la vida en la exactitud de sus informes, y una vez retirado le va la pensión. Por la misma razón, lo que no se puede esperar de él, y no lo hace, es que incurra en las descripciones o detalles circunstanciales (p. 86).

Este rigor informativo es compartido por una gran parte de los soldados metidos a escritores de su propia peripecia, como bien señala González de Vega en su introducción. Junto al relato del capitán asturiano, pueden contarse los escritos por Alonso Enríquez de Guzmán, Luis de Ávila y Zúñiga, Juan Antonio Vincart y Alonso Vázquez entre otros muchos nombres sacados a la luz por el editor. La inmediatez y la sobriedad del informe de campaña, al lado de los memoriales y currículos militares que todos elaboraron como carta de presentación para la solicitud de mercedes, configura, siempre según las atinadas afirmaciones de Gerardo González de Vega, un completo universo retórico del que ni Toral de Valdés, ni otros soldados como él, pudieron despojarse a la hora de escribir sus aventuras. En el caso concreto del soldado asturiano que nos ocupa nos encontramos ante una narración cimentada, en muchos tramos, únicamente, sobre el dato objetivo, llegando a alcanzar notas de verdadero documento historiográfico, como demuestra la sucesión de detalles geográficos, en principio accesorios al argumento principal de la vida del capitán; o la obsesión que revela por las cifras demográficas de la unidad militar a la que pertenece, así como por las bajas sufridas tras cada encontronazo con el enemigo.

También se percibe esta querencia por la minuciosidad histórica en el desapasionamiento a la hora de plasmar por escrito escenas de una tremenda crudeza. En este sentido, la sobriedad del relato y la lejanía de todo patetismo literario otorgan al texto una calidad testimonial muy poderosa, toda vez que el pulso narrativo no está espoleado por ninguna intención propagandística, tan habitual en las reelaboraciones literarias de cualquier clima de conflicto. Tanto las escenas de combate como las circunstancias en las que pierden la vida todos los soldados mencionados por Toral están narradas con el ductus firme y directo de quien se ciñe al evento en sí y no presta atención a su recreación.

Este análisis de la personalidad literaria de Toral es lo que vertebra tanto el estudio preliminar como la edición, pues para el editor se trata de la clave interpretativa más importante de toda la obra, y definitoria, además, de este marbete novelesco llamado relación soldadesca. No obstante, además de la definición genérica, queda espacio para el comentario de la historia editorial del texto, no menos fascinante que las propias aventuras que nos narra. Y es que, como viene siendo habitual con relatos soldadescos de este tipo, los avatares que vive el manuscrito de la obra hasta que ve edición son muchos y, a menudo, prolongados en el tiempo. Como muestra, menciónese el caso de Diego Suárez de Corvín, otro soldado asturiano que, terminado su servición en Orán, escribe una obra sobre las condiciones de vida en el presidio, y comienza una búsqueda de editores y mecenas que terminará con el pobre soldado arruinado y su manuscrito inédito hasta el siglo XX. Y otro tanto pasaría con Toral y Valdés, cuyo relato estuvo cogiendo polvo en las estanterías de la Real Librería primero, y de la Biblioteca Nacional después, hasta su primera publicación en la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España en el siglo XIX.

González de Vega nos presenta una edición basada íntegramente en el testimonio manuscrito conservado en la BNE (Mss/6227). Respetuoso con el texto original, su intervención sobre el contenido se ha limitado a una división capitular con “títulos orientativos” y a una anotación destinada más a la aclaración histórica y geográfica que a la digresión crítica sobre el texto, lo que es de agradecer, pues no estorba el ritmo de lectura y, muy por el contrario, facilita la total comprensión del relato. Otro acierto del editor es el acompañamiento de una buena selección de grabados tomados de ilustradores e impresores coetáneos a Toral y Valdés. Todo ello contribuye, con buen tino filológico –mérito añadido del editor, pues es de sobra conocido que su ocupación primera no es la filología–, a la comprensión de un texto de vital importancia tanto desde el punto de vista historiográfico como literario. Y, por ello, la publicación de esta vida de Domingo de Toral constituye un avance necesario en el conocimiento de la relación soldadesca como otro de tantos subgéneros, modelos, fórmulas o formatos novelescos tan esenciales para la comprensión del panorama narrativo de nuestra edad dorada. Y todo lo que se publique en este sentido, bien está.

Cuando yo dejé de ser yo

Tiempo hacía ya que no le dedicaba unas líneas al blog. Motivos académicos y otros, bastante más importantes, me mantenían apartado de esta pantalla. Y si vuelvo no es para retomar los temas literarios donde los dejé, que me la pelan un poco, sino para darle un par de vueltas a mi –de nuevo– recién estrenada paternidad. Una vez más, uso esta plataforma, desde la que sé que me leen, para desahogar por escrito cositas que, en vivo, no atino a verbalizar.

Tener un bebé es un baño de madurez. Esta es la definición más suave y educada que se me ocurre. Si, por lo que fuera, me quisiese apartar del eufemismo, diría que tener un bebé es coger tu vida tal y como estaba, estable, más o menos sosegada y bajo control, para meterle un zarandeo de tres pares de cojones. Estamparla contra el suelo, darle un par de patadas, deshacerla por completo y devolverla irreconocible. Esta es mi vida, y este soy yo, después de darle la bienvenida a Celia. Algo parecido escribe mi mujer por ahí, a propósito de la experiencia límite que es el parto. Curiosamente, toda esta revuelta vital, toda esta tolvanera de cambios y pañales, parece pasar desapercibida para el que aún no ha tenido la suerte de transitar por aquí. Internamente, he sido sometido –por segunda vez– a una reestructuración completa. Y completa aquí significa completa. COMPLETA. COM-PLE-TA. Me faltan recursos tipográficos para darle intensidad a la palabra “completa”. Completa y punto.

Y el mundo, mientras tanto, a lo suyo. Así debe seguir, pues los hitos de mi historia no tienen por qué influir en la vida de un planeta para el que soy insignificante. Este refrescante baño de vida pura que supone asistir al nacimiento de tu hijo, o hija, con toda la revolución que detona en tus entretelas, no tiene, insisto, por qué afectar a nadie más que a mí y a los míos más cercanos. El resto del mundo tiene todo el derecho a vivir como si no pasara nada, porque, en realidad, no ha pasado nada. El que era materialista antes de Celia, siga siéndolo en hora buena. El que estaba entregado al culto al cuerpo, siga estándolo y disfrute de ello hasta el hartazgo. Por Dios, que nadie se sienta interpelado a cambiar su día a día porque a mi hija le haya dado por nacer. Nacen niños a millares todos los días y no tiene mayor trascendencia, al menos, fuera de las familias que los reciben. No escribo esto para cambiar nada ni para concienciar a nadie. Lo que sí pido, si el lector me deja, es que, por favor, no se enfaden conmigo si no hago, en el punto en el que estoy, ningún esfuerzo por entender cualquier estilo de vida en el que mis hijas no sean el centro. No es que me haya dado un soplo y de repente me las dé de profundo y tal. Se trata de anticipar una disculpa si, por ejemplo, os pongo cara rara cuando me habléis de artículos académicos, currículos supertochos, sudaderas bonitas y caras, cuerpazos estupendos, ambiciones en el trabajo, obsesiones por cargos de prestigio y no sé cuántos etcéteras más. Háblale a un padre reciente de todo eso y le verás poner cara de “no sé quién eres” y “me estás hablando en puto griego”.

“Has engordado, Juan”. Sonrío, asiento, y sigo. “Joé, no te cuidas nada, ¿eh?”. Por educación, te callas, sonríes otra vez e impostas la autoestima de hierro que parece que tienes y por la que te conoce todo dios. “Coño, es que ha terminado el embarazo de Laura y ha empezado el tuyo”, chascarrillo acompañado de carcajada. Sí, sí, que sí. “Eh, que este gordo se ha comido a Juan”. Un mes, dos meses, tres meses de comentarios constantes y uno empieza a preguntarse cosas. La primera: “¿Qué le ha dado al mundo con mi aspecto físico? ¿No hay nada más importante sobre lo que hablar?” y, claro, “¿por qué nadie puede hacer siquiera un mínimo esfuerzo por contener sus ocurrencias?”. Aquí el primer síntoma de que el padre reciente empieza a vivir al margen. No es que al mundo empiece a importarle el aspecto físico; es que a ti ha dejado de importarte. Para el mundo fue, es, y sigue siendo, el núcleo regulador de relaciones, además de la mejor vara para medir el éxito o fracaso de una persona. Y claro, “con lo que has sido, chico, qué lástima que te estés estropeando así”. Todo exterioridad y cara pa’ afuera. Por eso hay, para el mundo, más belleza en un pectoral bien definido que en un padre en calzoncillos, a las cuatro de la mañana, sacrificando horas de sueño por atender a su hija. Lo primero es deseable para todos, lo segundo, si te lo puedes evitar, mejor. Desafío al lector a que busque una sola foto de perfil fea en las redes sociales. La imagen, tan importante para todos, tiene que ser cuidada, tratada, seleccionada. Instagram se edifica sobre esto: una red en la que, al margen de nuestras cualidades, todos podamos parecer o fotógrafos profesionales, o modelos profesionales, pero sin ser realmente ni una cosa ni la otra. Y así me lo dijo una vez una de las personas más despreciables que he conocido: “Juan, no basta con correr, sobre todo hay que poner cara de velocidad”.

“No publicas todo lo que deberías” o “jolín, es una pena que no vayas a más congresos”. De todos los congresos que me he perdido desde que me metí en esto de los papás y las mamás solo me ha dado pena uno (Cáceres, ejem), y fue más por las fiestas que se pegaron después de las charlas que por el rédito curricular que le habría sacado. Efectivamente, tener hijos no es línea que engorde la vida académica de nadie. Si así fuera, mis padres se podrían pulir ellos solos a cualquier departamento universitario. Hay por ahí tribunales académicos que han preguntado a alguna que otra profesora salvajadas como “¿por qué usted no publicó nada en el período 1995-2000?”. “Verán ustedes, es que estaba muy ocupada pariendo hijos” habría sido la mejor respuesta, acompañada de un “jódanse” digno de tallarse en los anales de la historia universitaria española. No fue el caso. Definitivamente, tener hijos no sale rentable en términos académicos. Pero es que, sobre todos los currículos y méritos universitarios, hay un punto de vanidad satisfecha con cada publicación, con cada aplauso y con cada palmadita en la espalda que, cuando tienes hijos, deja de importarte. Y esto es así porque, cuando llegan los cabezones, dejas de ser el centro de tu vida, te desplazas literalmente hacia otro. Con ello, te das cuenta de que tu realización ya no depende de las veces que aparezcan tus artículos si escribes tu nombre en el buscador.

Sepan mis amigos y colegas de la filología, si se sienten aludidos, que no pretendo herirles. Es más, sigo admirando y respetando a todos los que, en vez de tener hijos como yo, están consagrando su vida al estudio y a la docencia. Un olé por vuestras trayectorias, todo mérito que recibáis es poco. Yo, simplemente, me aparto de vuestra competición.

“Pero, ¿y tu tesis?”. Pues muy bien, gracias. “¿Pero la abandonarías?”. Pues, si llega el momento en que esta puñetera tesis me quita un solo minuto del tiempo que le corresponde por derecho a mi familia, entonces sí. Mando la tesis a tomar vientos frescos, o se la doy a cualquier otro zoquete para que la termine y publique él. Y no es un farol, de hecho, este fue uno de los pactos que hice con mi señor director. Decidí, tras sabio consejo suyo, adaptar la tesis a mi circunstancia, no mi circunstancia a la tesis. Pelearíamos juntos por sacarla adelante pero nunca a costa de nuestras familias. Y, por la seriedad con la que lo dijo, supe que decía verdad. Así que sí, dejaría la tesis, sin pestañear, si mi familia lo necesitase. “Joé, pero sería una lástima que abandones la tesis, o la filología” me han dicho alguna vez, y yo mismo he dicho a otros que, en el pasado, se han apartado de la cresta. Lástima ninguna. Uno debe saber que su tesis, por buena o bonita que sea, no va a ser revolucionaria. Que no somos nietzsches ni cosa parecida, leñe, y creo que el mundo académico podrá reponerse sin problemas de la tragedia de perderme. ¿No?

Y así con todo. En el trabajo, más de lo mismo. Ese jefecillo que intenta adueñarse de ti apelando a tu condición de padre. “Juan, por Dios, que eres padre de dos hijas”. Sí, muy bien, por eso mismo, si quieres una sola hora del tiempo que les corresponde, la pagas. El tiempo con mi mujer y mis hijas es sagrado, y además es un tiempo que no me va a ser devuelto. Ser consciente de ello al inicio de mi vida con ellas, y no llegado el final, es un privilegio que no todos tienen. Cuántos lamentos hay, puesto el pie en el estribo, por haber dedicado una vida entera a lo accesorio, dándole el rango de vital.

Y acabo, que ya está bien. En el fondo sé que todos los comentarios que me han hecho van sin mala leche, y por eso, sin mala leche os respondo. Ahora mismo soy de otro planeta. Miradme como a un marciano y disculpadme. Malas comidas a destiempo, sueños interrumpidos cada media hora, falta de tiempo para el deporte, para el estudio o para quedarme por las tardes trabajando por amor al arte. Elegid el motivo que más os guste, y si aún os apena mi ganancia de peso, o mi desidia académica, y no conseguís conciliar el sueño, vedlo como el peaje que tengo que pagar por la vida y la felicidad de mis hijas. Y creedme, me sale barato. He visto los gimnasios y están llenos de padres vanidosos a los que les importa más congestionar los putos bíceps que pasar tiempo con sus familias. También he visto las empresas, llenas de borregos serviles que compran con horas de vida la atención de un jefe que, hagan lo que hagan, nunca va a dejar de despreciarles. Y he visto las universidades, llenas de estudiantes que, obsesionados con una plaza, cifran toda su valía en la longitud del currículum; y de profesores más dedicados a masajearse los egos y gustar a las alumnas que a sus propios hijos.

Y nada de eso, queridos, es para mí.