El mundo y los graciosos del mundo

Atenea Theonóa

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No hace mucho leí la parábola del payaso del gran filósofo danés Søren Aabye Kierkegaard. Quizá el lector la conozca. Es simple, pero muy potente. En una aldea, donde estaba instalado un circo, se desató un incendio, entre bastidores y maquillaje. En ese momento el circo estaba repleto de asistentes, contentos, decididos a emplear su tiempo en distraerse, reírse, disfrutar, en definitiva, de las artes circenses. Sin pan, como hacían los romanos. Pero circense, no se olvide. Todavía. Con o sin fieras. Poco importa el detalle. El caso es que a uno de los payasos se le pide que baje corriendo al poblado cercano, para avisar del incendio producido en el circo y que amenaza, ya latente, con cercar toda la localidad y someterla al pasto de las llamas.

El payaso, obediente y preocupado por la grave situación, baja corriendo al pueblo, avisando de que hay un incendio y…

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Credibilidad, o la falta de ella

No iba yo a continuar por los derroteros inútiles del independentismo catalán. Los acontecimientos han perdido interés en la medida en que han perdido su épica, al menos para todo el que no sea independentista. Para estos últimos, claro, el presidén no se ha ido por pies a Bruselas ni el resto de politicastros a la catalana se han hecho los suecos, sino que andan encabezando una rebelión a escala mundial desde la prisión o la clandestinidad, y la lucha sigue, y hasta la victoria siempre, oh belachao segadores y tal. De nada iba a servir escribir sobre ello a estas alturas, digo, más que para aumentar la acidez de la polémica, pues catalanes hay que se han arrogado el derecho de opinar sobre lo que hasta ahora he escrito. Que si no les gusta, que si sí, que si debería cambiarlo, que si fascista. Como españolazos hay también, ojo, que se dan el placer de elogiarme, criticarme y sugerirme que cambie tal o cual cosa. En asunto tan raro como este me he sorprendido –y no soy el único– con la asombrosa virtud de halagar y amargar por igual a uno y otro bando. Menos mal que uno, bocazas e impertinente que es, y será mientras le quede aliento, no cambia una coma de lo que escribe por más que moleste o agrade al personal, y suda de lo que le lancen, ya elogios o críticas. Más aún si vienen de autoridades autoproclamadas que, a la postre y aunque se empeñen, no son nada.

Pero resulta que me divierto escribiendo, y asunto como este, muy serio en los principios, ha alcanzado al fin notas divertidísimas. Escribamos, pues, sobre ello, al menos una última vez. ¿Finalidad? Primero, la de ejercitar la prosa. Uno escribe aquí las chorradas, verán, pero luego se deja publicar en plazas más serias. Plazas en las que no se te perdona el simplismo, la estulticia o la falta de datos a lo loco. Mucho menos la tergiversación. Y hay que mantenerse a tono. Segundo, la de desarrollar por extenso una serie de impresiones en un formato óptimo, lejos de las redes sociales, donde el cacareo y el nivel de inquina ya hace tiempo que han tocado cielo. Como me he trabajado la opinión y domino los rudimentos de la escritura, no tengo que dejarme frenar siempre por la prudencia. Si lo que escriba ha de derivar en nuevas controversias, que yo las vea. Ahí puedo ser animal puñetero, aviso, y no es fácil sostenerme la pelea sin hacer el ridículo. “Yo no he hecho el ridículo discutiendo contigo” dirán o pensarán algunos. Y sí que lo hicieron, pues muchos –no todos– de los que se han partido la cara conmigo en público han cometido, entre flores retóricas y salidas de tono, un error de principiante, de tertuliano de telecinco: intentar desmentirme y convencerme a mí, que en ese momento era el adversario, de que tenían razón. Error garrafal de niño pequeño y ante el cual sonreían mis adentros. Muy por el contrario, para mí nunca fuisteis el objetivo. No vosotros, sino el espectador, el lector anónimo que –después lo he sabido– seguía cada intervención y cada réplica. Ese era mi target, ante él quería resultar convincente y ante él he querido, en todo momento, ganar una cosa maravillosa que se llama “credibilidad”. La pugna por la credibilidad, qué cosas, ¿eh? Esa misma credibilidad es algo que nunca, nunca, se puede conseguir desde la exaltación –así se pierde– o desde la propaganda –que todo independentista tiene metida en la médula y que se desmonta muy fácilmente, con un leve soplido de teoría y sentido común–.

Démosle, por pura diversión, una nueva vuelta al enfrentamiento: las bases independentistas han visto este follón desde el principio como un conflicto clásico en el que un ente es el opresor, el hegemónico, el establishment; y otro la resistencia. No cuesta mucho descubrir quién es quién. El gobierno español, que no solo funciona en los imaginarios independentistas como maquinaria represora, sino que se le pueden colgar, sin mentir, apelativos como “corrupto” o “mezquino”, aparece en los panfletos como culpable de todo lo malo que le sucede al pueblo catalán, planteándose así la victoria del independentismo como una liberación. Hasta aquí nadie tendrá los arrestos de desmentirme. Por otro lado tenemos a los independentistas, verdaderas banderas democráticas, la flor y nata de la civilización, chinitas en las chanclas del malvado de Rajoy, víctimas y mártires de un estado fascista que quiere devorarles. Queda claro, por tanto, que desde este planteamiento hay alguien que ostenta la hegemonía –elestat– y alguien que ejerce la insurrección –los indepes–, barnizada, además, del heroísmo que impregna toda contienda desigual.

Tal planteamiento cambiaría un poco a ojos del colectivo español, mayoritariamente no afín al independentismo y sus ventoleras. Creo, eso sí, que se sigue manteniendo la idea de que hay un ente hegemónico, que es el estado, al que se debe toda obediencia y ante el cual estos puñeteros independentistas tienen que responder, con cárcel, mano dura y zarandajas así. Se debe corregir y enderezar su comportamiento. Que la ley es para todos, y si desobedecen que no se quejen cuando caigan porras y prisiones, que si son unos llorones y lo que se quiera. Varían los términos según el grado de mala leche que se tenga, pero básicamente esto reflejaría un poco el sentir general.

Pues bien, queridos amigos, no hay tal conflicto. Es decir, sí lo hay, pero no en términos tan simples, tan de lumpen empalmado, como los de “hegemonía” vs. “resistencia”. Lo que hay, más bien, es un choque de hegemonías. No es un conflicto entre rojigualdas y esteladas como símbolos opuestos de “lo que se debe ser” y “lo que se quiere ser”, no, sino entre senyeras y esteladas. Una pugna por lograr la hegemonía en Cataluña, la afinidad de esa mayoría que legitime con su simpatía la deseadísima independencia. Algo que solo se consigue conquistando, otra vez, la credibilidad. Esto sí cuadra con la realidad, y encaja mucho mejor con las dinámicas de conflicto posmodernas. Porque, queridos independentistas, vuestra revolución ha sido, o está siendo, una revolución a lo pijo, muy líquida, muy postu y muy posmo.

Y vendrán ahora a repetirme eso de que no entiendo nada, que de revolución nada, que vaya allí a verlo, que no entiendo nada –otra vez– y así hasta la náusea. Ese “no entiendes nada” se ha convertido en el mantra que repiten los chorlitos del independentismo para zanjar cualquier cuestión. “No entiendes nada” es lo que dice un adolescente a tododiós ante cualquier problema, no me entendéis, no sabéis nada; cuando la realidad es que un adolescente, un niñato consentido en plena efervescencia hormonal, va de ardor en ardor y no sabe ni por qué se le pone tiesa cada cinco minutos. Queridos indepes, vosotros sois ese niñato. Hablo de las bases, no de los políticos. Los políticos a la cabeza del independentismo son poco más que un saco de imbéciles, y no me interesan lo más mínimo. Imbéciles por lo de políticos, no por lo de independentistas. Las bases sí me importan, y es con quien hablo. A ellas les digo que ni conocen su historia, ni la de otros países, ni alcanzan a analizar con sobriedad lo que pasa hoy en su amada Catalunya. Solo alcanzan a ponerse cachondos con el himno, y poco más. Porque claro, son una nación. Explícales que naciones hay muchas, pero que no todas tienen legitimidad histórica para erigirse como estados. Nada, que son una nación y punto. Y que quién soy yo, españolazo predeterminado genéticamente contra ellos, para negárselo, por más datos históricos que ondee. Tú les das un texto preñado de Bauman, de Jameson, de Lipovetski, de Debord, de Girard; y ellos te llaman fascista por chotearte de su precioso sentir independentista. La verdad es que en su grueso más numeroso, el independentismo está muy cómodo en su zona de permanente e ignorante exaltación, ni sabe lo que se pesca ni quiere saberlo; pero eso sí, reclama a todas horas la credibilidad. La reclama de cara al estado político al que todavía pertenece, de cara a Europa y de cara al mundo. Ahí es nada. Pues yo hoy les digo que para conseguir esa credibilidad hay que responder a un huevo de preguntas con algo más que un “no entendéis nada”.

La credibilidad es algo muy fácil de perder. Los políticos la pierden a todas horas, confiados, siempre, en que la falta de memoria del pueblo es mayor que su capacidad crítica. Por eso digo que son imbéciles, porque se equivocan cada dos por tres y lo hacen con una tremenda seguridad en sí mismos. Rajoy, que ha perdido más credibilidad usando teles de plasma que cobrando en B, en el asunto catalán no tiene ninguna. Al menos fuera de las filas de su partido. “Señor Rajoy, hay un despunte del independentismo en Cataluña, cada año lo petan más en la diada”. “Ah, bueno, pero independizarse es ilegal”, y punto. “Señor Rajoy, que van a hacer un referéndum”. “Bueno, pero es ilegal”. Ilegal, ilegal, ilegal… claro ejemplo de respuesta que, aun siendo correcta en términos jurídicos, refleja una gran falta de empatía, de conocimiento y, lo que es peor, de interés sobre el verdadero núcleo del problema.

Pero así también los líderes del independentismo. No es extraño que la devoción por una causa provoque yerros en el camino. Cuando cada acción política viene espoleada por fiebres y pasiones independentistas, el espectador asiste a un curioso fenómeno, y es que los palos de ciego se empiezan a convertir en la norma, no en la excepción. Políticos catalanes hay que pierden la credibilidad cada vez que abren la boca. El querer a toda costa que tu nación se independice del estado madre al que pertenece puede desembocar en una búsqueda de sinrazones en la que todo valga con tal de argumentar a tu favor. Cómo no mencionar aquí a mis chalados favoritos, los mamones del Institut Nova Historia. Estos mequetrefes pseudoacadémicos dicen, escriben y publican unas chorradas sobre la historia de Catalunya tan grandes, tan peregrinas, que no se pueden escuchar o leer sin caer en el sonrojo. Son a la academia lo que las Flos Mariae, también catalanas, a la religión o a la música. Una puta broma hortera de mal gusto.

Y no cargara yo las tintas contra ellos si no gozasen de predicamento dentro del colectivo independentista. Hay diputaciones que les sufragan, les dan eco editorial, cobijo institucional, y todo en aras de una supuesta recuperación y justificación de la “verdadera” historia de Catalunya, zaherida y maltratada por el estat desde que Moisés usaba pantalones cortos. Teresa de Jesús no es de Jesús sino de Cardona, el Quijote es un texto plagiado a un autor catalán, un tal Servent que huiría a Inglaterra y acabaría publicando sus obras bajo el seudónimo de Shakespeare; Colón y Leonardo Da Vinci también eran catalanes, el Lazarillo lo habría escrito Timoneda. Y un sindiós de pajas mal tiradas, arbitrios sin pruebas de unos infrahistoriadores, aficionados y descubridores de mediterráneos que no pasarían del simple chiste malo si no recibiesen el aliento de sus instituciones. Y aquí, queridos míos, es cuando vuestros dirigentes pierden, de nuevo, la credibilidad. ¿Cómo se puede tener en cuenta un movimiento, un aire ideológico, que se sostenga sobre semejantes majaderías? ¿Qué credibilidad tiene vuestro Oriol Junqueras tras presidir actos con estos académicos de feria? ¿Y qué de algunos de vuestros líderes más antiguos? Ese Pujol escribiendo una carta a Bilbeny, fundador de toda esta letrina historiográfica, animándole a continuar con su diarrea sobre la catalanidad del descubrimiento de América; o Carod Rovira elogiando en público la labor desempeñada, que si sus libros son muy bestias, que si molan un montón, que si son súper heavys. Bla, bla, bla. Es inaudito. Si yo fuera catalanista empezaría la pelea contra ese enemigo interior, esa metástasis de locura que contamina con sus mamarrachadas el precioso conocimiento de la historia. Si fuese un hijo de Catalunya, si la amase como patria, jamás me congraciaría con quien intenta edificarla sobre mentiras. Y mucho menos sobre mentiras tan cutres. Basta.

También Puigdemont ha perdido toda la credibilidad. Confieso que en los últimos meses le vi, por ocasiones, destellos de buen estratega, y no se me caen los anillos por reconocerlo. Pero se le ha ido del todo. La pinza y la credibilidad. Esa foto de la Generalitat diciendo “Bon día” para descubrir, al punto, que había huido a Bruselas. ¿Se descojonaría para sus adentros en el momento de publicar el tuit? Puigdemont encarna a las mil maravillas el espíritu de todo este prusés. Espíritu de inconsistencia, de liquidez política, que varía su forma según sea el recipiente y el escenario. Espíritu de postureo posmodernita. Es el mal líder, el que se ve a sí mismo encabezando una revolución pero que ni por pienso está dispuesto a pagar el precio en carnes que conlleva. Es el que abraza comprometido la idea del martirio, y se le llena la boca con el sacrificio en pos de una causa, hasta que ve venir la guillotina; entonces descubre que para qué ser mártir pudiendo ser una celebridad baumaniana. Los mártires y los héroes son de otra época, no valen en esta insurrección gafapastil en la que uno tiene que sobrevivir para recibir el laurel, el aplauso y la palma. Hay que medir el sacrificio, claro, no sea que nos inmolemos y no veamos nunca la gloria, la merecida recompensa por nuestros actos. No sea, digo, que no se nos retribuya como merecemos. La celebridad mola, no se inmola, y la cárcel es para romanticones como Otegui. Que todo sea simbólico, que todo tenga potentes cargas alegóricas, pero bien lejos del muro de cal y canto que trastoca la bien ganada comodidad del dirigente legítimo. Explícale tú a este, que ha lanzado a Cataluña al más gordo de los sinsentidos, que al menos la prisión le habría legitimado, le habría cargado de credibilidad, le habría revestido con un halo de honradez. Na, pa qué. Si sus filas van a estar entusiasmadas haga lo que haga, y a los foráneos que no lo entiendan, o lo critiquen, o lo condenen, bastará con cerrarles las fronteras de la razón. Hoy al independentista le llega con chapotear feliz, de puertas para dentro, en su ciénaga fecal de propaganda, mentiras históricas y tirrias hacia lo español, lo europeo y hacia todo lo que se posicione con opiniones o silencios en su contra. Pena de España, que dicen algunos cuando se ponen estupendos, y yo digo pena de país, de sociedad, de mundo y de todo, si hasta aquí hemos llegado.

Pero nada, oye, que la vida sigue. Empezará la campaña electoral. Vuestro debate seguirá siendo decepcionante. Los rusos seguirán metiendo mano e independentistas de usar y tirar seguirán sacando la pancarta y la banderita. Se me responderá con impertinencias de todos los colores. Y yo seguiré a lo mío, escribiendo contrarreloj algunas reseñas, artículos y capítulos que aún debo para antes de fin de año. Y mañana amanecerá Dios y medraremos.

Por mi parte, aquí me quedo. Se acabó el tema. Ya he soltado todo el lastre que me quedaba por adentro y, ahora sí, puedo decir que me he quedado a gusto. Pero que muy a gusto.

“Si vis pacem, para propaganda”

Quedó claro en la última entrada, espero, que el que les escribe no se adhiere ideológicamente a ninguna de las causas independentistas que hoy corean sus cositas por las calles de Barcelona. Son, para mí, causas a las que solo se les puede reconocer un hábil –habilísimo– uso de la propaganda. Pero, ¿qué es la propaganda? Puesto que llevo varias semanas dando por saco, que si propaganda por aquí, manipulación por allá, me permitirán vuestras mercedes que me ponga ahora un poquitín pelma, pues de alguna forma tengo que demostrar que no hablo por hablar –como casi siempre hago– en asunto de tanta importancia.

Se me habrá oído arremeter, a veces con algo de mala baba, contra la retórica propagandística entrañada en cada uno de los discursos nacionalistas. Es una retórica que, en lo personal, me pone bastante nervioso; y en lo teórico, que es a lo que vamos, entiendo como una simplificación, a veces insultante, de un problema que, en realidad, es mucho más complejo. La soflama, el logo y el eslógan son recursos con una gran capacidad de síntesis y una potente carga simbólica, por lo que encuentran perfecto acomodo en los climas de crispación o enfrentamiento. Y ahí es donde se asientan. Es lo que se conoce canónicamente como propaganda: discursos concebidos desde una posición hegemónica para mantener en el imaginario de una colectividad la tensión de un enfrentamiento, les afecte directamente o no. Va encaminada, que nadie lo olvide, a mover las vísceras del receptor, no a formarle o concienciarle. También a provocar un efecto de reacción, de implicación activa, de movilización bombeada con la ebullición de la sangre cuando hierve. La propaganda es, por definición, incendiaria.

Muy distinta, en términos sociológicos, a la manipulación que vemos continuamente en prensa, cuando no hay tensiones electorales ni amenazas de secesión. Son, de por sí, recursos muy distintos: cuando un noticiario dirige una información de acuerdo a sus intereses, se puede hablar de manipulación. Y está mal, señores de los informativos, muy mal. Pero la propaganda es otra cosa. Cuando se manipula, por lo general, se persigue la letargia del receptor a través del engaño, la tergiversación o la selección informativa. Se busca su alienación. Si lo que se pretende es una reacción, algo así como un levantamiento, una insurrección y tal, no basta con la simple manipulación, también hay que achispar, detonar, exaltar. Y para esto, la propaganda tiene mecanismos muchísimo más útiles. Merced a las propagandas se ha dado, siempre históricamente, lo que el tertuliano cantamañanas de turno podría llamar “movimiento ascendente”, que parece como que va de las bases a las instituciones, todo muy democrático y superguay. Pero no es así. El tal tertuliano que dijese eso estaría, en verdad, a tomar vientos de la realidad: no hay movimiento social que no haya sido suscitado, promovido, patrocinado o impulsado por un ente hegemónico del jaez que sea –un gobierno, una institución, un sindicato o hasta una asociación vecinal– y con un interés concreto.

Esto nos lleva al 1 de octubre, que fue una pesadilla. Uno, que es impresionable desde pequeñito, recibió cada imagen del día con tremendo desasosiego en el pecho. Las palizas son vergonzantes. Duelen en las carnes del que las recibe y quedan estampadas en el alma del que las ve. Con todo, haciendo un esfuerzo por analizarlas, no desde el punto de vista humano sino desde la sobriedad a que obliga todo ejercicio intelectual, tendría que decir que aquella intervención policial, al menos en sus momentos de mayor violencia, fue inútil. INÚTIL. Inútil como es, a la postre, toda forma de violencia. Si sirvió a alguien –que lo dudo– fue únicamente a la maquinaria propagandística del govern, muy activa desde hace unos años y a pleno rendimiento en las últimas semanas. Un día como aquel podría haber legitimado cualquier tropelía cometida por el frente independentista, podría haber servido para lograr la justificación. El movimiento es simple: prendida la llama entre sus propias filas, cosa fácil, el ímpetu propagandístico había de ir, pues, encaminado a conseguir la justificación del exterior. Solo somos si somos en un contexto. De nada le sirve decir que son una nación si el resto de países no lo reconoce. Y lo tenía fácil el 2 de octubre tras las cargas policiales, fíjate tú, que no tenía ni que mentir para lograrlo. Cualquier manchafolios versado mínimamente en el arte de la política y con algo de sentido común habría manejado los hechos para conseguir, aunque fuera, apoyos del exterior. Pero claro, mantener en el tiempo la actividad propagandística te obliga, a veces, a tensar unas fibras que, en cualquier momento, se pueden romper. Y es lo que ha pasado con el grotesco y casi vomitivo vídeo Help Catalonia. Su patetismo, su descarado sentimentalismo y la tergiversación interesada de los escasos datos que suelta destapa las intenciones, mostrando un uso propagandístico de notas casi soviéticas. Es el abecé de la propaganda llevado al extremo, carente de todo buen gusto publicitario y con la desastrosa consecuencia de que, lejos de tomarse en serio, se ha convertido en una triste parodia de la causa que, en principio, defendía. Para que nos entendamos, es el típico vídeo que yo, como contrario a causas independentistas, publicaría solo por ridiculizarles. ¡Y lo han hecho ellos! Valgamediós. Dejarán que me ponga un poco más en plan profe para glosar cada uno de los rasgos típicos de la literatura propagandística.

Ese foco ahí, dándole brillito lastimero a los ojos

1. Narrativa épica.

Los porrazos del 1 de octubre, a parte de indignantes, fueron, como hemos dicho, útiles únicamente a la causa independentista. Proporcionaron en bandeja de plata uno de los recursos que necesita el discurso propagandístico para cundir, y es el de dar unas dimensiones épicas a la gesta librada. Sin hostias, no hay mártires. Sin mártires no hay épica. Sin épica no hay propaganda. Simple. Dales de hostias y, a parte de unos moratones a las bases, les estarás dando a sus representantes las herramientas perfectas para construir un relato heroico, de proporciones casi bíblicas, que perdurará en el imaginario colectivo en plan “están los de las Termópilas, los del Puente de los Franceses, y nosotros”. Porque, justo es que lo digamos, hacen falta un par de huevos para quedarse a recibir un porrazo y no salir por pies. Lo dice uno que ha recibido algún que otro tiempos ha. Pues así, tal cual, lo recoge el vídeo, centrando su núcleo narrativo en las violentísimas imágenes que nos dejó aquel día y reduciendo un conflicto de años a lo que pasó un día, a la estúpida ecuación de “nos pegan esos señores malos, ayudadnos”. Los Jordis, sigamos, no son dos hipsters detenidos por un delito concreto, sino poco menos que cristos inmolados en un circo romano, sufriendo “un cautiverio peor que el de Babilonia” y elevados, como poco, a una categoría que no han visto ni de lejos: la de presos políticos.

2. Apelación directa al receptor

Todo el vídeo esta atravesado, incluso desde el título –¿qué es ese imperativo?– con una apelación constante y directa al receptor. Toda Catalunya está forrada con carteles de “Hola Europa”. En el vídeo se corea “Help Catalonia, save Europe”, como si no vincularte con su causa te hiciese cómplice, o co-partícipe, nada menos que de la destrucción de Europa. Así se consigue la implicación del receptor. Me recuerda tanto, tanto, a la literatura propagandística de siglos pasados, cuando andábamos a tortas con las potencias musulmanas de Turquía. Entonces, todo lo que se publicaba sobre el tema iba encaminado a lograr una toma de conciencia por parte de la población, para que se implicasen y contribuyesen –siempre económicamente– con el enfrentamiento, bien sosteniendo las guerras en los presidios norteafricanos, bien empuñando los mosquetes, bien sufragando el rescate de cautivos. Pero no voy a seguir por aquí, pues tendría cuerda para rato. Basta con esto para hacerme entender.

3. De casos particulares a normas sistemáticas

Toda propaganda supone, siempre, como ya dijimos, una simplificación. Presentarle a la masa el problema tal cual es conlleva el riesgo de que lo comprenda, y si lo comprende, puede empezar a tener reservas, llevando a las calles, quizá, un fervor matizado, o frenado, por el sentido común. Por ello, simplifiquemos. Y se simplifica dándole a lo anecdótico el rasgo de universal. Sin pedanterías: un independentista echa la tarde haciéndose fotos con españolistas, y eso que le ha pasado solo a él, sirve para demostrar que en toda Catalunya no hay enfrentamiento, solo concordia democrática y cumbayás mediterráneos. Pues no, lo particular no es norma, y punto, por más veces que se retuitee. Lo mismo me sirve en sentido contrario, pues televisar hasta el hastío a cuatro punquis quemando un contenedor no significa, para el ojo mínimamente crítico, que Catalunya sea un escenario post-apocalíptico rollo Mad Max. Que no, coño, que no te lo compro. Todo son anécdotas, casos puntuales elevados interesadamente a norma generalizada, y pelear contra esto, ya digo, puede ser agotador. Quede señalado aquí, y que cada cual se aplique el cuento.

Hay más rasgos de formato que me dejo en el tintero, claro. Uno podría hablar de las narrativas ejemplarizantes, como aquella del francotirador ruso elevado propagandísticamente a la categoría de héroe para inspirar a los pobres soldados rasos (peliculón). Y más cosas, pero oye, que mientras me entretengo juntando palabras, Puigdemont ha escrito una nueva carta a Rajoy, el condenado 155 es cada vez más inminente y no me gusta nada, pero nada, nada, el color que está tomando todo. Que Dios me perdone, pero, llegados a este punto me hago la pregunta: ¿tan descabellada era la celebración de un referendum pactado hace años? ¿y el modelo federal que proponen los sociatas? No soy político y se me escapan cosas, pero joder, seguro que con voluntad, algo se puede hacer. O no. Yo ya no sé.

De patrias, naciones y estados… de facebook

Quizá[1], de toda la morralla mediática de estos días no se pueda sacar nada en claro. Uno, que se ha propuesto no escribir sobre el asunto, y observar los hechos desde la distancia, al final no puede aguantar la tentación de meterse a opinar, tenga o no tenga todos los datos en la mano. Y claro, si opina, hiere a unos mientras recibe el aplauso de los otros, y si vuelve a opinar, pues hiere a los otros, mientras los unos le aplauden. Y ese uno –que soy yo– ya no sabe qué hacer. Siente que a su alrededor, personas formadas y a las que había respetado –intelectualmente, claro, humanamente sigue respetando a todos– se han vuelto de buenas a primeras chorlitos emocionales, quinceañeras believers, con sus puchdemones y rajóis del alma y sin más ideario concreto que la soflama y el eslógan. Todo muy patético. Y patético, no se nos ofendan, aquí quiere significar lo que significa: con capacidad para agitar los ánimos a través del afecto vehemente. No sinónimo de ridículo, como leerán los que tengan prisa por enfadarse, que no son pocos.

Por ahí va mi opinión del nacionalismo de españolas, ikurriñas y esteladas, idénticos en todo salvo en el pantone. Quizá convenga, antes de meterme de lleno en el berenjenal, diferenciar un poco entre las nociones de patriotismo y nacionalismo, sin ánimo, claro, de pontificar sobre nada, pues uno aquí está de cháchara, ni más ni menos.

Será patriotismo, desde un estricto sentido etimológico, el apego de un individuo al conjunto cultural heredado. Digo etimológico porque comparte raíz con el término padre, aquel del que vienes y de quien recibes una herencia. Y como conjunto cultural cabe todo: música, gastronomía, folklore, fiestas, lengua, paisaje. La patria es, por tanto, algo así como una herencia vinculada con la identidad de un pueblo. Herencia, ojo, que no se puede ocupar, malgastar, destruir ni manipular. Cualquier heredero cabal de un patrimonio –más raíces etimológicas– sabe que su herencia no es suya, si no es para preservarla, enriquecerla y pasarla, a su vez, a la siguiente generación. En este sentido, ¿se puede ser heredero de algo que no se conoce? ¿Cuántos supuestos patriotas españoles hay que no han salido nunca de su pueblo? ¿Y cuántos habrá que no conozcan de su historia más que los resultados del último sorteo de liga? He ahí, pues, una diferencia entre el patriotismo y el nacionalismo. Salir el 12 de octubre a la calle pintando la cara de tus hijos con la bandera de España no es, de por sí, signo de patriotismo, sino de nacionalismo español. Es muy distinto. El patriota verdadero, por lo general, es menos exaltado. Llora cuando  arden los bosques de Galicia, sufre cuando el niño de los castellers se pega un tortazo y se ríe con la pachorra andaluza. El patriota verdadero no sé alegra cuando ve que toda España se pone a gritar “a por ellos”, porque en el fondo de sus tripas sabe que es un “a por nosotros mismos”. El patriota lo estudia todo y lo disfruta. Asiste con asombro a los rasgos de otras patrias y sabe alabarlas y condenarlas por igual. El patriotismo verdadero es incompatible con el chovinismo. Y, por supuesto, el tal patriota del que hablamos no reduce su cualidad patriótica a una bandera colgada del puto balcón. Este patriotismo está muy adentro, te identifica y te define, pero no te marca, ni ideológica ni políticamente. El patriotismo, así entendido, pues mola.

El nacionalismo, por el contrario, es una cuestión menos identitaria, más sentimental y, como tal, muy permeable al efecto de las propagandas, de las que hablaré otro día. Surge como sentimiento, como calentón en el siglo de los calentones, y no ha cambiado mucho desde entonces. Llámenme lo que quieran, pero no termino de ver eso de dejar cuestiones políticas de relevancia en manos del sentimiento. La emoción nacionalista es muy similar, por ejemplo, a la sensibilidad religiosa, por lo que tiene de subjetivo. Es intensa, romántica y muy bonita, pero inhabilita la sobriedad y la reflexión. ¿Cago muy fuera del váter si digo que estos días he echado de menos al viejo independentista catalán, al que decía que se quería ir de España porque le robaban, fuera verdad o no? Evidentemente, uno puede entender que un pueblo diga “paso de lo patrio porque no me compensa económicamente”. Con ese te puedes sentar y empezar a discutir números. Y si al final se va, pues oye, buenos aires lleve y que tenga suertecita. Pero no, hoy el independentismo no se sostiene sobre la objetividad de los datos, ni sobre la historia –en eso también diré algo, llegado el caso– sino sobre el nervio apasionado del estómago. Pasión, dolor y vísceras. Y ¿por qué iba yo a arremeter contra los nacionalistas, insisto, de cualquier país? Pues contesto. Para mí es una cuestión casi espiritual: cuando veo que alguien cifra ya no solo su felicidad, sino hasta su propia identidad individual en el reconocimiento externo de una identidad colectiva, pues chico, como que me entra el repelús. Estoy convencido de que la identidad individual puede ser mucho más rica, compleja, maravillosa y cargada de matices que la colectiva, que a la postre tiene que beber del cliché. Pero esto es solo lo que pienso yo, ojo, y tampoco pretendo pontificar aquí. Que cada uno pelee por lo que le salga de los collons.

Me contentara, eso sí, con que no se me enfaden, pues he tenido que dejar clara mi posición frente al nacionalismo para comentar sin empacho, y sin empachar, lo que he visto por la península desde el uno de octubre, y aun antes. Y desde esta falta de postura lanzo mi análisis, que es burdo y apresurado, como todo lo que hago: hubo un referéndum que no necesitaba ser ilegal para dar la imagen de chapuza torticera y a pijo sacao, tan cutre que lo tildaría de españolada si no se me echasen encima las ordas de catalanes enfadados; cargas horrorosas y violencias inauditas de guardias contra civiles; bancos y empresas saliendo de Catalunya mientras Oriol Junqueras mira para otro lado –perdón, no me he podido resistir–; niñitos embanderados a lo rojigualdo, cantando en Madrid el cara al sol con el flequillazo al viento; catalás iluminados que vienen ahora a enseñarle al resto de la península lo que es el espíritu crítico, repitiendo hasta el hartazgo el sintagma “apaga la tele” o “prensa internacional” –como si no hubiera prensa extranjera contra el delirio independentista–; duelo de sensacionalismos y luto por el raciocinio do quiera que mires. Pablo Casado lanzando amenazas que en Jesús Gil molaban, pero que en un niñito fino y guapote como él, como que dan risa; ciudadanos adelantando al pepé por la derecha, pidiendo sin ton ni son el 155 así, a lo burro; Puigdemont que sí pero no, ni todo lo contrario; y Albiol, que es un señor alto, diciendo que hay que intervenir en la educación, también con el 155 en la mano. Albiol hablando de educación, lo que me faltaba por ver.

Viñeta de Plantu en Le Monde, muy internacional todo

Usar el 155 para ocupar la educación exige suspender la autonomía no para convocar nuevas elecciones, sino ad infinitum, hasta que el pepero de turno decida que ya no hay adoctrinamiento en las escuelas catalanas. Este es punto importante, el de la educación, y quizá lo desarrolle más adelante. Yo no sé si se adoctrina, ni en qué grado se hace. Solo me atrevo a decir sin equivocarme que hay, claramente, dos maquinarias propagandísticas actuando a pleno rendimiento. Entre los muchos recursos de que disponen está la elevación de casos particulares a normas sistemáticas. Es decir, que se saque una foto con estelada a la profe más tonta de toda Catalunya no significa que la educación catalana esté tocada vertebralmente por el adoctrinamiento, calmémonos todos, por favor. Poco importa la cantidad de profesores no independentistas que hay por allí, o independentistas que no dejan que la ideología penetre en sus aulas. Solo hace falta una foto, o una frase, para condenar a toda una sociedad. Así, dada la inmediatez con que el bulo se propaga, sobre todo en redes sociales, se prende la llama de la indignación. ¿Que puede haber un profe, un centro, incluso un pueblo donde se adoctrine? Pues sí, pero en cualquier caso, creo que la solución nunca pasa por la opinión apresurada. Eso solo es contaminación acústica, y no permite ver el verdadero problema. Todo el mundo tuiteará antes, incluso, de leer o de pensar, espoleado por la fiebre y el deseo de hacer justicia contra el que percibes en ese momento como enemigo. Esto es algo que va en los dos sentidos, no solo en uno. Ojo, queridos, con las propagandas. Creer que tu gobierno, o tu govern, no las está utilizando es ser, como poco, un ingenuo. Pero de esto, insisto, hablaré en otra entrada, que esta ya lleva camino de ser infumable.

Por eso mismo, no importa cuantas tintas se carguen sobre el tema. Al final, lo único claro es que en asunto tan visceral como este, todo tiende a reducirse al estado de facebook. Con él nos declaramos a favor, en contra, amigos, enemigos, indignados o aquiescentes. Las redes sociales, que tanto sabor nos dieron con lo del hijo de la Tomasa, se han convertido en los últimos días en tabernas insoportables, espacios de verborrea inútil en los que se comparte todo, se acusa al que calla y, encima, sin una cerveza o un café de por medio, que es como se termina entendiendo la gente. Y así, sin cerveza, pues no se puede.


[1] Cualquier poso teórico que pueda haber en este escrito se debe a los comentarios y referencias de mi querido tío, Ángel Olías. Los desatinos, las chaladuras y las impertinencias son, cómo no, de mi propia cosecha. Vengan dirigidas a mí las pedradas.

El libro antiguo. Teoría y práctica

Algunos, por profesión, tenemos la suerte de poder elegir el siglo que nos parezca más amable para pasar, si no la vida entera, sí muchas horas al día. Yo, por ejemplo, elegí el Siglo de Oro y me lo paso fenomenal entre los cogorzones de Quevedo y los revolcones del Lope. Todo lo que haya pasado, y pase, después del tratado de Utrecht, me importa poco más que un bledo. Que uno opina, y seguirá opinando, por aquello de la honestidad intelectual y tal, pero interés, lo que se dice interés, solo me despierta lo pasado, y veo el presente y sus desasosiegos, a veces, como una auténtica condena.

Por eso, mientras todo el país la emprende a tuits y a pedradas, aquí se planta el reducto de filólogos de la UAM y se marcan un seminario sobre el libro antiguo, porque lo valemos y porque nos sale de ahí. Al final, papel amarillento y libro antiguo será todo, incluidas leyes, constituciones, referendos y estatutes. Viene Víctor Sierra desde las Pensilvanias a hablar, cómo no, de Lope de Vega. Y Julio C. Varas, el bueno y noble Julio, a dar orientaciones sobre el libro impreso, que serán de mucho provecho para todos aquellos que no tuvieron la suerte -como tuve yo- de aprender de los mejores especialistas -ojo, del mundo-, cuando nos enredábamos horas y horas por los pasillos y las salas de la Biblioteca Nacional. Qué tiempos. Finalmente, como rolling stone de la filología, estrella del rock invitada, vendrá Pedro C. Rojo, viejo amigo, gran maestro, hombre amable donde los haya y de las personas más sabias y discretas que uno ha tenido la suerte de conocer. Nos mostrará la punta del iceberg -solo la punta, lo que le dé tiempo- de todo lo que sabe sobre libros manuscritos antiguos. Sed bienvenidos.