No es el qué sino el cómo

A cada nuevo hito político del país –de este y de todos, imagino– le acompaña una cadena de reacciones que va desde las élites a las bases y que se plasman en foros de muy distintos tipos y colores. Tales reacciones, sin embargo, son las mismas desde que el mundo es mundo, y por más que se argumenten o justifiquen sobre hechos, son reacciones lanzadas, expuestas o exhibidas SIEMPRE desde el capricho particular; nunca, o casi nunca, desde el sobrio análisis de la actualidad. Menos aún desde un deseo verdaderamente constructivo hacia la comunidad. Acabáramos. Uno, que aún peca de ingenuo, se sorprendía hace poco de las reacciones provocadas durante aquellas elecciones generales en las que el pepé lo petó a lo bestia. Arrasaban en las urnas y las redes se incendiaban no contra ellos, los políticos, sino contra sus votantes, deseándole la muerte al vejete de tal o a la monjita de cual. Uno, ya les digo, se sorprendía y cargaba las tintas –pecador de mí– contra todos aquellos rojeras resentidos, como si hubiese conversación y entendimiento posible. Mal hecho. Peperos, catalufos, podemitas, incluso los que nos las dábamos de apolíticos, o de escépticos… todos vomitábamos nuestra propia bilis y ni catábamos la del vecino. Se nos hablaba pero, en vez de escuchar aunque fuera un segundo el discurso ajeno, permanecíamos atentos a nuestro monólogo interior, preparando la réplica antes de que el adversario terminase de hablar. Así, nunca hubo diálogo, sino una solapación de monólogos con más o menos ingenio. Aprendí la lección y ahora no me meto en política, ni aquí ni en el bar, y dejo que todos hablen, me convenzan y me digan a quién votar mientras pienso en mis cosas.

Sí que me divierte el uso que se hace del lenguaje cuando se habla de política, tanto en prensa como en redes. Un muro de feisbuc es, casi, como una plaza de pueblo en la que todos los viandantes van gritando a voces lo que piensan: “hoy va a ser un buen día, feliz lunes”, “hoy no he dormido nada, pobrecito de mí”, “aquí estoy, disfrutando de una copa de vino en buena compañía” (puaj), “hoy toca desayuno saludable”, “si llueve ponte las botas y camina sobre los charcos” (puaj, puaj). Pues aquí, donde la falta de pudor es la norma, y donde la opinión ligera campa como quiere, el que les firma ha notado ciertos giros y expresiones que son, como poco, divertidos. Y como ya no atiendo a mensajes, ni a contenidos sesudos, elevados y profundos, no me cabreo con las opiniones hirientes, ni aun las más exaltadas; y puedo disfrutar del formato, del envoltorio literario con el que tales opiniones vienen revestidas.

Así, he visto que cuando se quiere arremeter contra el Pedro por eso de la moción de censura, se le dicen cosas como que “ha conseguido el gobierno gracias al apoyo de los terroristas, independentistas y los antisistémicos de podemos”. Antisistémicos me parece un hallazgo delicioso que responde, creo, a un deseo de darle mayor empaque al término “antisistema”. Un podemita es un antisistema, eso ya lo sabemos, con sus palestinos y sus calimochos en el hemiciclo, pero no basta, no, son algo peor, son antisistemas sistemáticos, sistematizados, y ¿cómo pronunciar tal sintagma sin trabarse, sin que le estalle a uno un nervio facial? Pues compactándolo todo en una palabra que, más allá de su significado real, o de que exista tal cosa en nuestra rica lengua, cumpla con la función de intensificar el apelativo. Y, si de paso nos resulta un esdrújulo sugerente, miel sobre hojuelas, pues lanzar al auditorio palabrejos en esdrújula siempre le da a uno aires de cultureta interesante, como si supiese latín.

Impagable es también el tertuliano chillón que habla de oportunismo, lanzando verbos contra un Pedro Sánchez que ha puesto a España en manos del “golpismo radicalista”. Radicalista rompe todos los límites, es osado, desvergonzado y precioso. Tiene una falta de pudor ante la propia ignorancia que resulta, por tramos, hasta entrañable. Porque claro, radical es palabrota manoseada, desgastada por el uso y cualquier manchafolios con ventoleras de moderado la puede lanzar a tontas y a locas. Hay hasta una naranjada sin gas con ese nombre, no vale para el denuesto. Es forzoso darle nuevos vigores, que recupere su peso de antaño, que se pueda blandir como término despectivo acorde a los tiempos que estamos viviendo, tiempos terribles, sin duda, la hora más oscura de España, he oído por ahí, el seol, el abismo más negro de nuestra historia reciente. Bastante torpe me parece ya usar radical cuando lo que se quiere decir es fundamentalista, pues la radicalidad de un sentimiento lo entronca con una raíz, con un orígen, y debe usarse más como atributo de pureza y autenticidad que de fanatismo. Los que lanzan radicalista a lo burro me recuerdan al guardia de seguridad de supermercado que se ve a sí mismo tan guapote con su pinganillo y dice “afirmativo” o “cambio y corto” como si estuviera en plena misión secreta. O al policía que, ante preguntas de la prensa, recibe de lo alto un sobreacceso de tecnicismos, y empieza a soltar que “a las veinte pe eme, hora local, explosiona un artefacto casero en el apartamento tal…”.

Pues eso. Para qué decir antisistema, pudiendo darles doble y lanzar antisistémico. O radical, si puedes completar con radicalista prácticamente cualquier sintagma peyorativo. Para qué decir un simple y soso cuando puedes fliparte y decir afirmativo, que además las chavalas miran. Y para qué decir explotar delante de las cámaras, cuando puedes dártelas de robocop y decir explosionar. Al final, y como conclusión, le da a uno por pensar que aquellos que usa palabras que no son quizá sea por parecer, en la forma, cosas que no son, ¿no? Como la señá Cándida, o la Justi, o la Inocencia, mujeres todas analfabetas y trabajadoras que para no desentonar en su paseo por el Madrid más noble y rancio exageran el silbido de las eses, con perlas del tipo “hijitoS míoS, eStaSmoS todoS contentoS…”. A lo pijo. Para estas señoras –todos, seguro, conocemos alguna– ese es el rasgo que distingue la finura de la zafiedad, la buena educación de la nula y la dignidad de la mugre que acompaña al pobre. Ellas, digo, tienen excusa, pues han lidiado toda su vida con la falta de formación que les impuso la historia, el tiempo o el cabrón de su marido. Pero, ¿y tú, querido lector? ¿Cuál es tu excusa, si es que sigues opinando a la ligera, tachando, faltando y flipándote cada vez que abres tu perfil o escribes en tu blog? Ya que inviertes esfuerzo, tiempo y músculo en el devenir político del país, ¿por qué no te curras el lenguaje? ¿no descubrirás, infeliz, que la lengua es más peligrosa cuanto más atinada y precisa se disponga? ¿no aprenderás que incluso el espectador más bobo es capaz de intuir la precisión, distinguiendo entre la metralla lanzada a bocajarro y el tiro certero; o entre el corte preciso, hermosamente quirúrgico, y un destrozo a hachazos? ¿No será pereza, más bien? ¿Cuando, y ya termino, espabilarás, majadero?

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Tesis, teefegés, teefeemes

Hace ya algo más de un año me dio por organizar una cosa que en la universidad llamamos seminario de investigación. No era el primero que hacía y salió redondo, en parte por el tema escogido pero, sobre todo, porque la asociación de hispanistas con la que me muevo me dio un respaldo impecable. Nos dedicamos entonces a pautar con algo de orden una serie de estrategias para lidiar con los titubeos del principiante en esto de las tesis. Resulta que en una de las miles de reuniones de grupos doctorales a las que nos convocaba nuestra bienamada institución vi, con meridiana claridad, que muchos de mis compañeros doctorandos no sabían ni lo que se pescaban. No sabían por dónde empezar su vida académica, el tal o cual papel que se les pedía, cómo escogerían director; hubo hasta ojos en blanco cuando nos dijeron de publicar en revistas o ir a congresos. “Bueno, pues tendremos que ir” decían. “Pero como ponentes” se les contestaba. “¡Ah! ¿Cómo ponentes?”. No daban crédito. Y se asustaban. Todo lo que allí se decía, toda la tolvanera de requisitos, méritos y habilitaciones sonaba a auténtico chino, excepto para los doctorandos chinos, a los que todo sonaba a castellano. Y ni unos ni otros se enteraban de nada. Yo mismo, si en aquel momento no me acojoné fue porque ya venía acuchillado desde casa, y había tenido que espabilar varios años antes de matricular “oficialmente” la tesis, cuando me las empecé a dar de investigador en aquella Biblioteca Nacional de España, hoy irreconocible. Este margen, esta cierta ventaja me permitió tomar conciencia de un hueco en la formación académica recibida, por lo demás excelente: faltaba la iniciación del estudiante por los derroteros de la investigación adulta.

Y así lo hicimos. Nos pusimos guapetes, hicimos el seminario, vinieron hasta doctorandos de universidades vecinas, lo petamos y nos fuimos a cenar a un restaurante polaco, donde me sirvieron una vodka deliciosa. Me pasé de la raya, claro, y tuve que sacar mis viejas hechuras de profesional de la resaca, yendo a trabajar del tirón, con la misma ropa y como si nada, sin faltar un punto a ninguna de mis obligaciones. Al año siguiente se me propuso repetirlo –lo del seminario, no el cogorzón– pero, entre cosas que no vienen al caso diré que no estaban mis fuerzas para más. Y se pactó que, ya que no lo íbamos a repetir, se lanzase al menos un librito con algo de lo que allí se dijo. Bien que me pareció, y este es el volumen que hoy anuncio. E incluyo, de regalo, un par de párrafos extraídos de mi propia introducción, por si valen como gancho publicitario pues, tengo entendido, es lo que hacen los autores cuando se flipan.

Nos ha quedado un libro precioso –¿está mal que yo lo diga?–, de una utilidad inmensa y escrito y presentado con carisma, garbo y soltura, cosa normal si se ve la nómina de la que me he rodeado para hacerlo.


Introducción. El mito de la tesis doctoral

Estas páginas nacen con la clara vocación de ayudar a alcanzar algo muy sencillo y que ya mencionábamos unas líneas más arriba: la madurez investigadora. Este es un sintagma que puede darse antes, mucho antes, de la lectura y evaluación de la tesis. No nos centramos en la meta, sino en el itinerario. El investigador maduro será, creemos, aquel capaz de desarrollar mecanismos con los que afrontar ya no solo la tarea doctoral –a veces muy marcada por la exigencia y el esfuerzo, no vendamos humo ni engañemos a nadie– sino también cualquier aspecto que configure su carrera laboral y académica con honestidad y solvencia, sin dudas, sin pasos en falso ni titubeos.

Según el planteamiento académico actual y tras los últimos reales decretos con los que se regula, ley en mano, la actividad doctoral en las universidades, hay infinidad de aspectos, requisitos y criterios que sobrevuelan a las tesis y que configuran, al detalle, lo que aquí hemos dado en llamar la vida académica del doctorando. Hoy, para bien o para mal, no se trata solo de atender a la realización de una investigación sobre un tema concreto, como hizo la generación anterior de doctores, sino también al constante vaivén de requisitos académicos, como son las estancias en universidades extranjeras, las participaciones en proyectos –que a menudo guardan poca o ninguna relación con nuestro tema–, la necesidad de un currículum con su rosario de méritos y publicaciones, las co-tutelas doctorales, y un largo etcétera que, insistamos, para quien da sus primeros pasos por este terreno, puede resultar asfixiante.

[…]

La tesis doctoral, la verdadera tesis es, a la postre, una cosa mucho más prosaica y asimilable que lo que nos parece cuando iniciamos el paseo por esta ruta. Nos contentáramos aquí, simplemente, con eliminar de la relación con el doctorado todo aquello que despierte admiración, entusiasmo, miedo, etc.; si tan solo consiguiéramos sacudir en el lector algo de ese complejo de Adán, de asombro ante lo nuevo o desconocido, despojaríamos a la tesis de todos estos mitos y la redescubriríamos como lo que de verdad es: un trámite. Un simple trámite. El siguiente paso, lógico y natural, en la trayectoria académica de un estudiante. El siguiente nivel. Darle a la tesis este rango de trámite, de simple formalidad, es un paso necesario para la elaboración de un proyecto doctoral coherente. Llegar a esta conclusión trae consigo la liberación de todas las cargas y adornos ficticios que tiene una tesis cuando se observa desde fuera. Al asimilarla de este modo se reducen las exigencias –tanto internas como externas– del doctorando ante su propio trabajo. Aquel que consiga adoptar esta postura, que conozca en profundidad las proporciones, el alcance y la relevancia que debe tener su tesis doctoral, se empezará a quitar de encima fastidiosos lastres, tales como el miedo a no dar la talla, la inseguridad, el complejo de inferioridad frente a su propio director o frente a otros doctorandos, etc.

Y es que entender la tesis como el siguiente trámite que toca realizar es recordar, además, que puede hacerse, que ya se ha hecho antes y que cualquiera, por el simple hecho de llegar al momento de la decisión sobre la propia tesis, ya está de sobra cualificado para desempeñarla. Es tomar conciencia, en definitiva, de que uno llega al doctorado tras haber superado pruebas académicas similares –aunque no de la misma magnitud–, de que ya ha sido evaluado en otros tribunales (TFG, TFM) y de que no uno, sino varios profesores ya han tenido que certificar su valía en más de una ocasión. Es reconocer, al fin, con sobriedad, la capacidad de abordar una tesis doctoral lejos de la parálisis que tan a menudo provoca el miedo o la inseguridad.


Y listo, si quieres leer más, porque te gusta o crees que te puede servir, píllate el librito. Suelta la panoja, anda, que hay mucho congreso nuevo que organizar. Y quede claro, antes de irme, que este abordaje de las tesis doctorales se posiciona enérgicamente fuera del victimismo generalizado que exhiben en redes y tertulias tantos y tantos estudiantes de doctorado. Hacer una tesis no es fácil, pero tampoco obligatorio. Y desde luego, no imposible. Puede hacerse sin hipotecar toda tu existencia, y hasta puede ser compatible con un trabajo a tiempo completo o con la maternidad. Doy fe. En este sentido, muy poco ayudan los foros y los lugares de reunión virtual de doctorandos, tan de moda en los últimos años, que alimentan con memes y tuits –más ingeniosos que ciertos– el mito de la tesis doctoral, pintando sin ninguna base real al doctorando como alguien que, para lograr el título, tiene que empeñar toda su vida renunciando a todo lo demás. Evitaremos la participación en estos foros y los trataremos como lo que son: mentideros sin seriedad marcados por la queja, el mito y la exageración sobre el verdadero trabajo doctoral. Relájese el buen doctorando y aparte toda ansiedad de un manotazo, al menos durante el proceso. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de doctorarse y de verdad, de verdad, que para ello no hace falta morir en el intento. Ya me lo dirán.

Devaneos cervantinos y de otros mandamases

Algo descuidado tenía el asunto académico en este blog. No me olvido de que el origen y verdadera razón de ser de estas letras de frontera es la literatura, a la que me vengo dedicando con aires académicos desde antes de terminar mi carrera. Simplemente, y se me permite lo cervantino, “tuve otras cosas en que ocuparme”. Meses raros -estos últimos- en los que toda mi escritura se inclinaba a asuntos de trascendencia más vital que científica. Y por ahí sigo, pero claro, uno no puede mantenerse del aire. Al fin y al cabo, hay una tesis en ciernes, encargos, publicaciones, méritos y compromisos con universidades que no van a entregarse solos. Así que a remangarse toca. Por ello es de recibo agradecer la insistencia de amigos y colegas que me mantienen los pies en el suelo, conectado a la academia, pidiéndome tal reseña o cual artículo. No apartándome del circuito, sin importar mis ventoleras. Y contra toda apetencia, las más de las veces, sí, pero qué bueno es eso de que no se olviden de uno, de que le sigan encargando cosas.

Hoy mismo se publica el quinto número de Arte nuevo, revista para investigadores lanzada al mundo desde la universidad de Neuchâtel, en Suiza. Aquí publico una recensión sobre un libro de 2017, Cervantes, Felipe II y la España del Siglo de Oro, de Jesús Botello, a quien no conozco en persona pero a quien he leído con ganas. El libro, a grandes rasgos, es un monográfico sobre las constantes relaciones entre historia y literatura en la obra de Cervantes. Que si Felipe tal por aquí, que si Carlos cual por allí, instancias de poder, gobiernos, decisiones políticas, y todos sus ecos en la obra, principalmente narrativa, de Cervantes. No voy a repetir por aquí lo que ya escribí en la reseña, que puedes leer sin mucho problema, pese a la densidad de mi propia prosa.

Sí quiero, primero, declarar la gratitud con la que he vuelto a sumergirme en Cervantes, tras leer a Botello. Sobre todo, en los perfiles de sus dos personajes principales, su Quijote y su Sancho. Releer sus conversaciones, entrar de nuevo en esa dinámica amo-escudero, loco-cuerdo, ideal-terrenal, etc., ha sido un verdadero placer cargado de nostalgia por aquel 2008 en el que empecé con devaneos cervantinos. En concreto, Botello habla de la fijación de don Quijote por la escritura, de su elevación de toda letra escrita -sobre todo si de caballerías va la cosa- a la categoría de ley inamovible. Habla, incluso, de fanatismo, y no va descaminado. Frente a él está Sancho el analfabeto, con su estupenda oralidad, voluptuosa, cambiante, caprichosa. Don Quijote tiene esquemas mentales rígidos, que o se imponen al otro o se parten en dos. Sancho es flexible, tiene reflejos para adaptar tal o cual refrán a la situación, no impone: convence. Dos perfiles muy literarios, y muy humanos.

Y a partir de ahí, ancha es Castilla. Dos concepciones del mundo distintas, cada una con sus modelos estatales propios, que Botello menciona y compara. El gobierno de Felipe II -“rey papelero” para los amigos- estaría muy imbuido del espíritu de don Quijote, por aquello de la fijación escrituaria, con un pensamiento tremendamente burocrático de fondo, como si dijese “lo que no queda escrito, no existe”. A su lado el carácter de Sancho, reconocible en una forma de administración no burocrática, sin firmas, inmediata, oral, basada más en el discernimiento del gobernante que en protocolos escritos y presente en algunos modelos de gobierno musulmán. Y a vueltas con eso hemos estado. Recomiendo el libro de Botello a todos los profes y alumnos que me leen, si es que queda alguno por aquí. Y aplaudo a la revista donde sale publicada esta torpe reseña. Alabo a sus creadores, les lanzo un saludo, y declaro orgulloso que es un placer estampar mi nombre entre sus colaboradores. Vale.

Con la derecha senda ya perdida

Grande es el deseo de amor en el hombre, hunde sus raíces
hasta profundidades asombrosas, y sus múltiples
raicillas se afincan en la materia misma del corazón
Michel Houellebecq

Semanas llevo dándole vueltas a una idea sobre la que escribir un texto y no atinaba, hasta ahora, a darle forma concreta. Iba a tratar un tema complicado, lo que multiplicaba la inseguridad a la hora de poner sobre blanco los aguijones que me atravesaban el cerebro de vez en cuando. Al final, como todas las ideas que surgen al margen de la voluntad del autor, persistía, se asentaba, reaparecía a cualquier hora y no me dejaba en paz. Molestaba dentro del cráneo, signo inequívoco de que estaba pidiendo salir, estirarse, tomar el aire fuera de la estancia cerrada y reducida de mis entendederas. Y así había de ser, después, eso sí, de vestirla con la mejor prosa que he encontrado por aquí.

Me apetecía escribir sobre salud mental, o mejor, sobre la falta de ella, mal que aqueja a muchísima gente de mi entorno –lo que, estadísticamente, puede significar que afecta a una gran parte de la población– pero sobre la que pesa aún un tabú de tres pares. Los que saben de esto lo llaman estigmatización, y viene a ser algo así como que si, por lo que sea, tu psique deja de funcionar con “normalidad”, quedas marcado como el loco, el tarumba, el lunático que ve gamusinos y habla con las farolas. Y se te colgarán, en muchos casos, atributos de agresividad e inestabilidad que, al margen de tu cuadro clínico y sean o no ciertos, te aislarán del resto. Esto pasa, no me lo invento. Sociedad puñetera la nuestra, que acepta y anima al que sufre un tumor, erigiéndole como admirable estandarte de la lucha contra la adversidad pero, quizá de manera instintiva y sin maldad, se aparta del afectado mental, diagnosticándole a toda prisa como alguien extraño, imprevisible, que lo mismo te está pidiendo la hora que descuartizándote. Perdonen el tono, pero creo que cuanto más drástica se ponga mi pluma, más pondrá en evidencia que esta estigmatización es un cáncer, una mugre que ensucia con metástasis de sinsentido la relación entre los pacientes de salud mental y su entorno, llegando, incluso, a provocar más sufrimiento que la propia enfermedad.

Edgar Ende (1946)

Pero no quisiera yo pontificar con opiniones de advenedizo sobre asunto tan serio como este. Sí que quiero, si tu paciencia me lo permite, hablar de un dolor psíquico que sufre, acaso un punto más que los otros, una tremenda incomprensión a su alrededor: la depresión. Melancolía, bilis negra, mal humor –en su versión patológica, no la mala leche que todos podemos tener un lunes cualquiera–, angustia, tristeza, desesperación como estado natural, etc. El glosario para definirla es amplio, pero insuficiente. Aún está por acuñarse un término que dé verdadera cuenta del hondo desasosiego, de la constante sensación de vacío que acosa al deprimido, de la absoluta nada que le rodea, tal y como me la describió hace tiempo una buena amiga. Poca broma con esto. Dolencia caprichosa, hecha a la medida de cada víctima, se mueve al pairo de estudios y clasificaciones: hay tantas depresiones como deprimidos, y cada una puede salir y aflorar a traición por donde sea. Se parapeta esta condenada en un clima social que niega su existencia, tratando al que la sufre como alguien con predisposición a la tristeza, como si en las fuerzas de uno mismo estuviese la posibilidad de sentir alegría cuando la negrura empieza a hacer estragos. Sociedad además imbécil, que impone una especie de optimismo por sistema, plantando cara al monstruo con coaching y consejitos edulcorados de abuela trasnochada, que si mañana amanecerá un nuevo día, que si lucha por tus sueños, que si tú puedes cambiar la paleta de colores de tu vida, que si todo está a tu alcance, que si los cambios hacia la alegría empiezan en ti mismo. Puaj. Y si, por lo que sea, la tal depresión se ceba y termina convirtiéndose en una amenaza grave, esta misma sociedad que predicaba la conquista de la felicidad por tus medios te apartará como alguien negro, tóxico, plomizo, roto al fin y al cabo por “no querer ver lo bueno de la vida”. O te tendrá misericordia, entonando un “mírale, al final ha caído”. Ambas posturas son igual de vomitivas.

Por mucho que no encaje un depresivo en un occidente primermundista, con sus heroicos ejemplos de superación y en el que se admira al que ha alcanzado bienestar enfrentando handicaps cada vez más gordos; por mucho que no encaje, digo, el acosado por depresión trae consigo el aroma del polvo real, sin moralejas y sin finales ejemplarizantes. Cuando una larva como esta hace acto de presencia en una vida, lo primero que ataca son los mecanismos que ayudarían a superar el trance. El que está malito de depresión no puede hacer nada más que dejarse llevar. William Styron, americano listísimo que atravesó un árido desierto depresivo, dejó escrito que “hay una región en la experiencia del dolor en que la certeza del alivio permite, a menudo, un aguante sobrehumano”, pues uno soporta a veces dolores indecibles en la convicción de que no son eternos, sino puntuales, y si acaso, útiles para la recuperación. Pues bien, en el deprimido “esta fe en el rescate, en el final restablecimiento, falta por completo”. No es que no quiera luchar, como piensan tantas veces los ciudadanos saludables, es que su dolor le ha desarmado de antemano y se bate, digámoslo así, con las manos desnudas en una pelea que es tremendamente desigual. Por eso, el que haya vivido algo de lo que digo reconocerá la triste figura vapuleada, en estado de letargia, de semiinconsciencia en el que lo único, LO ÚNICO, que no se pierde es la sensación de estar sufriendo y la capacidad de registrar, segundo a segundo, cada palmo del pensamiento conquistado por la angustia más salvaje y corrosiva. Y por eso, el deprimido, el que sufre a este nivel, habla de “cáscarón vacío”, de un estado de “muerte en vida”, porque siente, en los episodios de más descarnada crueldad, cómo todo su tejido psicológico ha empezado a descomponerse, pudriéndose en tiempo real como si ya fuese cadáver. Cuando se ha visto este horror, esta bestia cara a cara, uno descubre que eso de “muerte en vida” no es una frase hecha, sino verdadera descripción, casi clínica, del estado que le acosa.

Hay mucha literatura terapéutica sobre la depresión, y es, en su mayoría, de un infantilismo, de una cursilería y de una vaguedad casi hirientes. En ella se mezclan, las más de las veces, consejas de psicología descafeinada con promesas de paraísos mejores y sentencias medio espirituales en pos del equilibrio interno, como si el incienso, la meditación y el mamarracho de Coelho bastasen para curar a alguien. Ese es un masajito que solo alivia el dolor de los estúpidos, y ni por asomo se acerca a conectar con el verdadero sufrimiento del deprimido. Ojo también con el entorno, los amigos y familiares que quieran ayudar. El deprimido es cristal muy frágil, y cualquier soplido mal tirado puede resquebrajarlo o estallarlo en mil pedazos. A veces –y lo digo porque he estado ahí– uno, movido por el cariño, se ve en la obligación, o el deseo más bien, de erigirse como el salvador, el que pulse la tecla adecuada para que su cercano empiece a mejorar. Esta es cosa inútil y peligrosa a partes iguales, pues en el mejor de los casos se lanzarán generalidades con la audacia de los ignorantes mientras el deprimido, que bastante habrá tenido con abrir los ojos ese día, se obligará a sí mismo a soportar la prédica, agradeciendo educadamente el interés y volviéndose irremediablemente a sus adentros, donde solo le esperan más punzadas de angustia, más cabeza desplomada sobre el pecho y más insoportable y negra oquedad. Aislado de un mundo que, incapaz de comprenderlo, generaliza, da sentencias al aire y palos de ciego sobre su verdadera dolencia.

Remedios Varo (1960)

Este es un sufrimiento indescriptible, sí, muy difícil de definir con simples palabras, aunque uno puede acudir a las mentes que ya han pasado por ahí en busca, quizá, de alguna fórmula que dibuje con algo de acierto la profundidad del dolor depresivo. En este sentido, el autor de estas líneas ha encontrado más afinado el discurso literario que el científico, lo que no significa que sea más útil a la hora de abordar médicamente el problema. Mi audacia de ignorante no llega, de momento, a querer curarle la depresión a nadie a golpe de literatura, sino simplemente a comprenderla para, llegado el caso, no ser estorbo en un proceso curativo. Con eso, a mí, me basta. Y en esta búsqueda ha sido en el nervio literario donde he encontrado las mejores instantáneas, las imágenes más definidas de este mal[1]. No le negaré al lector que acercarme un poquito a este gusano a través, primero, de algunas personas muy queridas para mí y, después, de lo que han plasmado ciertos escritores, me ha pasado una factura emocional importante. Pero la pago encantado, pues esta lectura, a veces febril y desesperada, me ha hecho conectar con un dolor sobre el que, en otras circunstancias, habría trivializado, dado el optimismo vital con el que he sido bendecido y que creía, hasta hoy, que era el estado natural del mundo todo. Con esto me han dado en todo el cielo de la boca.

De tales lecturas he sacado, al fin, más preguntas que respuestas sobre el origen, desarrollo y final de la enfermedad, aunque sí me he llevado puesto algo del dolor melancólico y he podido llorar con el que está ahí, haciendo mío un poquito de su sufrimiento. No puedo detenerme a comentar lo leído sin ir contra el ritmo de mi propio texto, de modo que tendrán ustedes que conformarse con algunas notas al pie y fiarse de mí cuando les digo que he hecho mis deberes. Y que ha sido así, burla burlando, como he pasado del prejuicio a la realidad, descubriendo este estado biliar como una babosa que ataca de manera aleatoria –como ataca un tumor o un parkinson– y no una entrega voluntaria de la persona al estado depresivo. ¿Se puede formular un reproche al paciente de cáncer? ¿Se le puede decir al enfermo terminal “venga, cúrate, hombre”? NO. ¿Por qué, entonces, se le lanza al deprimido ese imperativo asqueroso de “anda, anímate”? ¿No ves que por sus fuerzas no puede? Está reducido, inmovilizado, totalmente neutralizado, incapacitado para el más mínimo placer –agotadas sus reservas de serotonina– por mucho que se le insista; y acosado por las noches con imágenes horribles, más intensas cuanto más se le haya disparado el cortisol, provocando en su pobre cerebrito un insomnio cruel y prolongado. Pero no todo es química. Es factor real y constante, pero no todo se explica desde ahí. Una fractura como esta tiene causas muy oscuras, ocultas a los ojos de todo el mundo, incluida, a veces, la propia víctima. Factores de tipo filosófico podrían detonar una caída en depresión, en el momento en que se entra en contacto con cierto sentir existencialista y con una percepción de la vida y el mundo como un absurdo, que aparece a todas horas con la reveladora pregunta “¿para qué?”. Y muy cercano a este factor filosófico está el espiritual, pues la depresión no distingue credos, y tanto se ceba con el ateo como con el místico. Una crisis de fe, experimentar en las propias carnes la ausencia de un Dios en el que se ha creído con firmeza y sin el que no se concibe la existencia puede conducir a un sentimiento de orfandad tan hondo, tan doloroso, que la vida empieza a parecerse a un potro de tortura en el que el afectado se revuelve, herido ya de muerte, buscando soluciones a la desesperada mientras se desangra poco a poco[2]. Con ellos ganará puntos el terapeuta que comprenda, que sea sensible a la realidad espiritual, que no la aparte como si fueran simples “cuentos de viejas”, abordándola como un añadido a su trabajo de recomposición psicológica.

El que vive aquí sumergido no puede respirar. La imagen del ahogo aparece con insistencia en la conversación con quien atraviesa este océano, o en el texto de quien lo ha puesto en letra. Es estampa sobrecogedora y recurrente, dado que el ahogo que se llega a vivir es físico, real, nada metafórico; el ataque de ansiedad manifiesta carnalmente la búsqueda del deprimido por encontrar, a bocanadas desesperadas, algo de aire. ¿Se formará el lector que no haya vivido esto una imagen real si le digo que alguien, en pleno brote de ansiedad, busca la vida con todas sus fuerzas y no recibe más que el regusto de la ceniza? ¿Seré capaz de transmitir, siquiera, alguna de las formas con las que aparece este bicho malévolo? Cuentas pendientes con el pasado tenemos todos, pero en la mente debilitada y nebulosa del deprimido, tal pasado se presenta siempre, siempre, con su algo tergiversado, como en tono burlón y acusador. Es un asedio de la propia historia no aceptada que puede alcanzar, en ocasiones, notas verdaderamente macabras, apareciéndose ante la mirada temblorosa de la víctima con un nivel de detalle y claridad que, a menudo, escapan a su conciencia, añadiendo a su enajenamiento un componente de culpabilidad que no hace más que ampliar el sabor amargo de su vida.

Ante tal fresco, ¿quién pudiera seguir formulando reproches al que tiene una depresión?, ¿quién tendrá la osadía de seguir opinando a la ligera? Y voy a lanzar, antes de irme, una última pregunta: ¿hay algo que se pueda hacer, sin ser especialista en nada, para ayudar? Esto no lo sé. No lo puedo saber. Me atreveré a decir que hay cosas, actitudes y nociones que se pueden adoptar para no embarrar, al menos, la tiniebla del deprimido. Declarada la total inutilidad del consejito, por mucho que se quiera ayudar, sí que hay algo intrínsecamente terapéutico en la escucha silenciosa y comprensiva, únicamente en los momentos en los que el amigo deprimido, claro está, quiera expresarse. Nada debe hacerse para intentar curar por medios propios una dolencia que trae de cabeza no solo a los afectados, sino a especialistas y terapeutas de todos los colores. En esto, buena cosa será dejar que la medicina avance, que además lo hace a buen ritmo.

A los amigos, familiares, amantes y cercanos nos queda un amplio espacio que se puede, se debe, llenar con la simple presencia, y nada más. Muchos de estos escritores con los que he convivido las últimas semanas insisten en la importancia de callar al lado del amigo, de estar, simplemente. Así, poco a poco, se irá creando una asimilación que, llegado el caso, permitirá a la persona afectada ver que no está muerta, ni loca, ni vacía de antemano: solo malita, muy malita. Y ver también que el bicho, como tal, seguirá su curso, se pasará, se superará y no dejará daños permanentes ni deudas con el tiempo invertido en ella. Nada. Acaso un mal recuerdo y muchas ganas de seguir viviendo, superado el trance. Parece claro que hablar al que se ahoga desde la estabilidad de la orilla no es solo difícil, sino casi como insultarle. Por eso se vuelve impagable la experiencia de quien ha pasado por ahí, porque no habla desde la orilla. Sea prudente quien no se ha visto, hasta ahora, acuchillado en tales lances. Y hable quien sepa de ello. Hay, por último, un fármaco que sí puede ser dispensado sin receta, y me quede yo sin voz ahora mismo si no es útil, vital, para curar una depresión. Si tienes, querido lector, alguien cercano en medio de un desierto como este, dispénsale cariño a manos llenas, con generosidad absoluta, contra toda comodidad y bienestar. Amor del bueno, del que llena hogares, amor entregado hasta el asombro. Nada de la afectividad almibarada de tequieros que se dicen de carrerilla. Esos te los guardas. Este tipo de amor, en sus distintas formas de expresión, puede provocar, llegado el caso, el estremecimiento de las fibras internas, la convulsión agitada en las paredes de las entrañas mismas del que sufre, ayudándole a descongestionar los conductos de la respiración y el llanto, desbordándole, aunque sea por un segundo, de vida plena. Será solo un instante, sí, pero eso, en alguien despojado de la capacidad de sentir el más mínimo vértigo, se convierte en oro puro, material precioso, en el regalo más hermoso que se le puede dar.

Y esto, tal cual lo cuento, sí que lo han visto mis ojos.


[1] La depresión atraviesa la literatura de todos los países y épocas, y por supuesto no me lo he leído todo. Quizá, las obras que más aciertan al hablar de ello, por lo que tienen de autobiográfico, sean, entre miles, Mrs. Dolloway, de Virginia Woolf; la trilogía de Michel Houellebecq sobre la oscuridad humana, con las obras Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma. Está Sylvia Plath con La campana de cristal; Elisabeth Wurtzel con Prozac Nation, con su algo de análisis de la modernidad y, entre otras que he visto y que me dejo en el tintero por no ser pelma, la mejor y más reveladora de todas: Esa visible oscuridad, de William Styron.

[2] También de esto hay mucho escrito. El creyente que quiera saber de lo que hablo puede irse a las Escrituras, donde se revela este sufrimiento en el Lamento de Job o en el discurso del supuesto predicador autor del Eclesiastés. Sobre todo esto profundizó nada menos que Tolstoi en Mi confesión, un texto maravilloso, aunque denso –porque Tolstoi, por muchas depresiones que le den, sigue siendo Tolstoi– sobre su propia caída en depresión y su recuperación gracias a la fe de la que se había apartado violentamente siendo joven. Texto apabullante, en su versión final iba a ser el prefacio de un tratado sobre los dogmas ortodoxos que, lo digo ya, no me pienso leer, no vaya a caer yo en una depresión más gorda que la suya.

Mucho sermón y poca vida

Dice Michel Houellebecq en una de sus salvajadas noveladas que, ante una experiencia de estrés, angustia o, en general, cualquier sufrimiento “la escritura no alivia apenas”. Dice que “describe, delimita, introduce una sombra de coherencia, una idea de realismo” pero alivio, poco. “¡Qué contraste con el poder absoluto, milagroso, de la lectura!”. Para este francés el verdadero alivio, el bálsamo suave o la vía de escape pasa, inevitablemente, por la lectura. Es decir, que uno puede describir en un papelajo sus ansiedades, pero es leyendo su propia experiencia en manos de otro autor cuando de repente se produce el milagro, el alivio, la bocanada de aire que, vete tú a saber por qué, faltaba.

Y tal cosa me ha pasado viendo cierta serie, de cierto humorista, estrenada hace pocos días. En ella he visto, en clave de comedia –y buena comedia–, el revolcón vital que supone abrazar la maternidad por primera vez. Las madres y padres que me estén leyendo sabrán que digo verdad. Y estarán de acuerdo conmigo en que, como en toda peripecia vital, hay dos formas de afrontamiento: o con un barniz de idealismo o desde la más cruda realidad. Al final, como humanos somos y la originalidad es la más difícil de todas las poses, tanto unos como otros caen en el postureo. Tienes a tu disposición, querido lector, blogs, páginas y publicaciones de todas las formas y colores. Unas de un estomagante tono apastelado diciendo que las mamis y papis tenemos que ser buenos, que nuestros peques y nenes son lo mejor del mundo, con consejitos para los yayos, cómo conseguir que el peque se tome la chicha, el bibe, quitarle el tete, cómo afrontar los primeros pipís y popós sin que duela el pompis, o cómo decirles que van a tener una tata y evitar pelusillas. Vomitivo. Como si el crío no pudiese aprender más de dos sílabas juntas, y los padres nos tuviésemos que hacer los retrasados para comunicarnos con él. Y luego está la otra parte, los de “yo estoy de vueltas de todo y tú no me vas a aconsejar cursiladas, por muchas teorías evolutivas que me cites”. Estos últimos revisten su experiencia paternal de cierto cinismo, con su algo de ironía, a veces graciosa, pero cargante al fin y al cabo. Tanto unos como otros andan a la gresca, se lanzan teorías y acusaciones a la cabeza, llamándose entre sí el mayor tabú que se puede decir por estos lares: malpadre o malamadre.

Sin embargo, veo en unos y otros una postura de suficiencia frente a la propia maternidad –uso maternidad para referirme a padres y madres, no me sale muy bien ser inclusivo pero tampoco quiero englobarlo todo bajo el sustantivo masculino, así que, en adelante, todo será maternidad– que me impide vincularme con ellos. Y todo es porque durante mucho tiempo, a mí y a mi mujer, esta experiencia nos había superado. Y como estábamos superados, nada de lo que nos dijese cualquiera de estos autoproclamados gurús de la maternidad nos valía de nada. Todos tenían su receta, que era la mejor porque a ellos les había funcionado, y ninguna nos valía a nosotros. Estuvimos un año sin dormir NADA. Y probamos de TODO, llegando a perder la dignidad, arrastrándonos por la casa para que nuestra hija no oyera pisadas. Fue un año raro, de un destrozo psicológico total, y todas las imágenes que me vienen tienen niebla, como un granulado oscuro de foto antigua. Al final, cualquier conversación que teníamos sobre el temita llegaba al callejón sin salida en que o recomiendas el suicidio a padres tan deshechos o les sugieres que localicen qué están haciendo mal para que su hija no coma nunca, o llore tanto, o no duerma ni media hora seguida durante meses. Y claro, padres inseguros como éramos, y acribillados a monsergas de gente que dormía sus buenas diez o doce horas del tirón, caíamos en la desesperación.

¿Habría padres con nuestra misma flaqueza? ¿Por qué todos se nos presentan tan estupendos, tan convencidos de lo que hay que hacer? ¿Quién les había formado? Al final, aquel año pasó, nadie se suicidó y pudimos recuperar una normalidad relativa, aceptando que nuestra hija era intensa y que los destellos de simpatía y genialidad que mostraba iban a costa de nuestras horas de sueño. Recuperamos la normalidad suficiente como para reincidir y tener otra –un poco contra nuestra planificación vital– que, esta vez, no ha podido con nosotros. Y entre una y otra aparece la serie de Berto Romero, Eva Ugarte y Carlos Therón, afrontando, justamente desde la debilidad, la misma maternidad que Laura y yo hemos vivido. Esa debilidad es la que a mí me ha conmovido. La duda constante sobre lo que hay que hacer, el halo de culpabilidad que asalta tras tomar una decisión equivocada sobre el sueño o la alimentación de la criatura, las peleas entre mi mujer y yo a las tres de la mañana, a voces y portazos. Y luego la inagotable literatura científica que hay sobre la crianza y que cada padre selecciona a placer para argumentarte que tal cosa que haces está mal. Para bibliografías estaba yo. En mi duermevela constante, lo último que me pedía el cuerpo era entrar en la absurda competición por aparentar mi implicación en el desarrollo del niño. Mi implicación se limitaba a aceptar que a partir de ahí todas las noches de mi vida iban a ser una mierda y en intentar que mis reproches no alcanzasen a mi pobre hija, que al final tampoco tenía culpa de nada.

Y Berto, ahí, da en el clavo. Su visión de la maternidad –es padre de tres, y a juzgar por la presencia de sus hijos en su forma de hacer humor parece un padre bastante implicado, sabe de lo que habla– es, primero, nada idealizada, y eso me gusta. Segundo, con las dosis justas de ironía, pues tampoco va en contra de la intensidad emocional de ser padre, o de su incuestionable trascendencia. Y eso me gusta más. Y tercero, ha sido como ver mi propia vida a guion abierto. Ahí ha terminado de conquistarme. ¿Qué probabilidades había de que este señor y yo hayamos dicho las mismas frases, a las mismas horas de la madrugada y hasta con el mismo pijama? Ahí ha sido donde, de verdad, me he sentido comprendido en una intimidad que solo mi mujer y yo conocíamos. Porque decir que no duermes nada es una frase rápida, que se dice muy pronto, y no hay giro gramatical ni fonético capaz de transmitir hasta qué punto aquel año de insomnio forzado estuvo cerca de acabar con nosotros. Encontrarlo en pantalla, tan similar a mi propio recuerdo, ha provocado en mí una carcajada preñada de optimismo, una risa plena, balsámica y liberadora.

Véase esta serie con estos ojos. Intuyo que, aparte de mi vínculo biográfico con su trama, es una serie buena. Ahí me faltan los rudimentos del crítico televisivo, los conocimientos para evaluar aciertos de guion, dirección, fotografía, ritmo, etc. Sí puedo decir con toda la elocuencia que me cabe aquí dentro que me ha gustado, que era una ficción necesaria por lo que tiene de desmitificación de la propia maternidad, y que de la misma forma que yo he hallado comprensión en sus líneas y una risa terapéutica en sus chistes, quizá otros en pleno combate inicial con su maternidad, se vean ayudados. Porque ayuda mucho leer, o ver, al que habla desde la sencillez de su experiencia. Y al que huye, en definitiva, del sermón, acercándose a ti desde su propia vida.